jueves, 1 de septiembre de 2011

La Coleccionista de Corazones


Y estaba ahí, sentada en el parque en esa tarde otoñal, tan típica como se supone que son las tardes otoñales. Su rostro se trasdibujaba y volvía a dibujarse, por los delicados hilos de pelo que danzaban juguetones debido al viento que una y otra vez soplaba en su contra. Parecía tan delicada y se percibía tan tranquila sentada en aquella banca en medio del parque, dándole la espalda a los árboles que cantaban con sus hojas para ella estática y misteriosa, tan bella, tan inquietante. Sus ojos observaban en dirección al suelo, al parecer no prestaba atención a nada en especial, quizás al césped curioso que la saludaba inquieto, su piel es tan blanca, lisa y perfecta casi tratando de imitar la pureza del mármol y la suavidad acogedora del algodón o la seda, hacían juego perfecto con sus delicados labios que se cerraban con suavidad uno sobre el otro; eran de un tono rosa muy tenue casi pastel. Parecía un ángel a pesar de su ropa, que la delataba como un habitante común de este mundo. Llevaba consigo unos jeans azules un tanto gastados, de esos que jamás pasan de moda, no demasiado ajustados pero lo suficiente para hacerse una idea de la figura de sus piernas, un sweater largo cálido, cómodo, en un tono marrón muy apropiado para la temporada; cuyo corte bajaba de la cintura hacia las piernas sin ser demasiado largo para confundirse con algún vestido, de cuello alto y muy amplio, perfecto para abrigar, pero dar total libertad en el movimiento; unas botas altas, casi hasta la altura de las rodillas, de un tono ligeramente más oscuro que el del sweater, pero solamente percibible por mis atónitos ojos y lo extasiado que estaba por el encuentro. Jamás hubiera imaginado en mi vida cruzarme con alguien así.

Pronto sus ojos se cerraron lentamente y al abrirse se dirigieron a mí. Sus ojos miel con cierto tono verdoso se clavaron en los míos paralizándome. No sé cuánto tiempo estuve allí de pie, anonadado por el encuentro de las miradas, en mi interior sencillamente quería desaparecer. Ella me había descubierto mirándola y mi vergüenza estaba latente, pero por alguna extraña razón no era lo suficiente para salir a mi piel y que se pudiera notar. Me sonrió tímida y amistosamente, lo que me animó a sentarme en la banca que estaba a menos de un metro de ella. Respiré y traté de acomodarme, pero mis manos estaban rígidas sobre mis rodillas; hasta ese momento no me había percatado del bolso que traía consigo en la banca el cual parecía dejar a su lado con fingida despreocupación. Apenas lo alcancé a notar cuando una cándida voz llamó mi atención, era ella, era su voz la que se dirigía a mí – Hace frió ¿verdad? – fue lo que me dijo en un tono de voz medio al tiempo que acomodaba el cuello de su sweater tapando bien su nuca y tratando de que quedara a la altura de su labio inferior sin mirarme; – Sssi... sii... un po... poco – tartamudeé confundido, mientras ella sonrió levemente y volteó a mirarme – Soy Elena – me dijo con gracia y asentí con la cabeza – Yo me llamo Juan –. Mientras sentía como se ruborizaba mi cara, ella mostró sus dientes perfectos en sus labios aún más perfectos mientras sonreía y yo la seguí de inmediato. Una brisa hizo que una hoja se escapara de la rama de algunos de los árboles que nos rodeaban y cayera justo sobre mi rostro, lo cual me tomó realmente desprevenido y siendo honesto, mi reacción de sorpresa fue tan graciosa que rompimos en carcajadas los dos, lo que logró romper el hielo.

Hablamos durante un par de horas, nos reímos, bromeamos y nos contamos la vida el uno al otro, cosas que cualquiera podía saber, dónde nacimos, cuál fue nuestra escuela, cómo éramos de niños, la carrera que seguimos en la universidad, y a que nos dedicábamos actualmente. Pronto la conversación apuntó a nuestra experiencia sentimental, fue un tema que todo el tiempo traté de evadir, y no solo en mi conversación con ella. El turno fue mío. Era yo quien tenía que responder a sus preguntas, eran sencillas, no muy dramáticas de responder, pero todo pareció silenciarse a mi alrededor en la expectativa de mi respuesta, los ojos de Elena simplemente perdieron esa infantil ingenuidad, para llenarse de una inquisidora curiosidad, lo que incremento el nerviosismo que jamás desapareció mientras conversé con ella, solo mermó. Solo tenía que tomar aire y admitirlo, abrirme a ella, “parecía una buena persona” solo debía retomar la confianza en mí, aquella que manejé durante toda la conversación, y afrontar que había fracasado en ese tema... una vez que lo hice para mí, decirle a ella fue más bien fácil, aunque bastante nostálgico. Le conté que sencillamente había perdido las ganas de volverlo a intentar, un par de veces fueron suficientes para darme cuenta que no estaba diseñado para eso, toda esa cuestión del amor, del sentir no eran para mí. Algo estaba mal en mi corazón, y hacía que sintiera demasiado, más de lo que yo creía normal para alguien “normal”. Elena pareció sonreír y de nuevo noté ese aire de ingenuidad que me llevaba a contarle todo, todo lo que ella quisiera saber de mí, así que eso me dio más ánimos para continuar. Le hable del amor y de cómo éste había experimentado conmigo. Le dije que no solo creía en él, sino que lo había visto con mis propios ojos. Sabía que el amor existía, porque éste se había presentado frente a mí, que no lo culpaba en absoluto, amar era hermoso, pero aun así, encontrar el amor no significaría que alguien te fuera a amar a ti. Expliqué detalladamente uno y cada uno de los sucesos que me llevaban a decir esto. Elena parecía bastante entretenida, sus labios se entre abrieron en señal de interés, incluso daba la impresión de que el aire no era el suficiente para el que exigían sus excitados pulmones, que su exaltado corazón bombeaba rápidamente a causa de mi historia. Elena me miraba con ternura. No era solo mi historia lo que se lo inspiraba, era todo mi ser, cada uno de los centímetros del brillo de mis ojos, la sinceridad de mis palabras y sobre todo el sonoro palpitar de mi veterano corazón mal cicatrizado.

Elena parecía complacida con mi respuesta, pero el silencio entre los dos significaba que ahora era su turno de hablar sobre ello, lo que indudablemente la puso tensa y prevenida, como si estuviera a la expectativa de cualquier cosa. Entendí que ella también había sido lastimada, pero no me cabía en la cabeza como hombre alguno podía dañar el corazón de mujer tan bella y perfecta. Esto era inverosímil, no podía haber opción alguna de que esto fuera verdad; lastimar a alguien como ella de seguro era pecado capital. Ella retiró los ojos de los míos, giró la cabeza de nuevo hacia el frente aún teniendo el cuerpo en mi dirección y se sumergió en sus pensamientos. Esto me cautivo. Parecía como si estuviera escogiendo con cuidado sus palabras. No sé cuál era el fin de esto, quizás no lastimarse a sí misma con lo que estaba a punto de decirme, o tal vez disminuir el dramatismo para no quedar como una demente. Elena entrecerró nuevamente los ojos con esa magia de la que había dado muestra antes. Se dirigió totalmente hacia mí. Su cuerpo, su postura, su rostro, sus ojos, todo apuntaba en mi dirección, como envolviéndome en su cautivadora presencia. Sus labios comenzaron a moverse y su voz era casi imperceptible. Tuve que poner mucha atención a lo que estaba diciendo para poder entender su susurro, creí en un momento muy breve estar leyendo sus labios, pero pronto me di cuenta que no era ni su voz, ni su dolor lo que no me dejaba entender, era yo el que no quería darle crédito a lo que me estaba contando.


La historia de Elena comenzó como cualquiera. Ella era una adolescente y había un chico del que se había enamorado, él era un joven apuesto y muy popular, solían pasearse en los descansos por la cafetería y los corredores, eran la mejor pareja de la escuela, la más popular. Todos los admiraban, todos los envidiaban, ella era una de las chicas más hermosas que sin duda cualquiera habría visto jamás; y aunque no lo dijo estoy seguro que era la más guapa de la escuela, aquella con la que todos sueñan, aquella que fue la primera experiencia autocomplaciente de algunos jóvenes tímidos en la privacidad de sus habitaciones. Ya podía imaginarla tan hermosa, tan radiante, tan juvenil, la semilla de la belleza que era actualmente, nunca comparable con la de ahora, pero sencillamente magnifica para un adolescente. No era una historia para nada triste y no entendía el por qué de su reacción anterior. Se notaba que había tenido muy buenas experiencias en el ámbito sentimental a pesar de que no fueran muy serias, me siguió narrando su historia de amor escolar, no era muy entretenida, como cualquier programa de televisión. Y como toda película de amor adolescente, el verdadero problema se enfoca en el baile de graduación y este no sería la excepción. Elena unas cuantas horas antes del baile fue invitada por Jean, un joven apuesto pero desarreglado, nada popular, tampoco era de los más estudiosos, uno de esos chicos anónimos que abundan en todos lados. El siempre vio a Elena durante toda la escuela, la admiraba y en silencio, la amaba. Por fin se armó de valor para acercarse a ella, sabía que no tenía posibilidad a su lado, pero antes que sus vidas se alejaran del todo, quiso pasar a su lado el baile de graduación.

Elena por lealtad a su novio lo rechazó, era un rechazo sencillo, no implicaba mucho y no tenía la intención de hacerle daño, fue muy cordial. Pero jamás se imagino cuanto le afectaría a este chico raro. Elena vio como ante sus ojos el pecho de Jean se abría, primero su epidermis para dar lugar a la dermis, la hipodermis, los músculos, los huesos, vio como sangraba a montones, como su piel se empalidecía por la pérdida de sangre. La grasa corporal se movía, para dar lugar al doblez de la carne, parecía un corte quirúrgico. Elena no entendía absolutamente nada, al principio gritó aterrada y después su parálisis no la dejó moverse en lo absoluto. Nunca había visto morir a nadie, el olor de la sangre y de los órganos la envolvía, Jean jamás gritó, no produjo ningún ruido y tampoco se desplomó. Allí de pie frente a ella, con sus ojos llenos de lágrimas sin derramar, con ese temblor en los labios que nos da a todos cuando estamos nerviosos, Jean aún respiraba, la ropa rasgada en el torso y aquel agujero enorme exhibía sus pulmones que aún se movían. Elena no se explicaba lo que sucedió, pero se acercó a él con el rostro bañado en lágrimas. Pronto la sangre dejó de brotar y ella pudo evidenciar el ritmo de los pulmones y el corazón de Jean. Sintió curiosidad, no podía dejar de escuchar el palpitar del corazón y ver como se sincronizaba con el de ella, dejó de llorar y llevó su mano a su pecho, sintiendo su propio palpitar y metió la otra en el pecho de él para sentirlo. Cuidadosamente apretó su puño y encajó el corazón de Jean en su mano, este no dejó de palpitar, por el contrario, su palpitar se tornó cada vez más veloz, más irregular. Elena no daba crédito a lo que veía y sentía, pero el sentimiento de pánico que antes la gobernaba se transformó en deseo, tan incontrolable que la llevó a retirar su mano sin abrirla adueñándose del corazón del pobre Jean, al tiempo todo comenzó a cerrarse quedando como si nada hubiera ocurrido, con la diferencia de que el corazón, estaba fuera de su cálido lugar.

Su relato dio una pausa, tal vez con la intención de darme espacio para respirar y lograr que mis ojos volvieran a encajarse en su lugar. Continuó diciendo que no sabía el por qué de su reacción. Ella metió el corazón de Jean en su bolso y le dio la espalda a este chico que se quedó de pie, rígido como roca y sin brillo en sus ojos. Elena se fue corriendo a su casa sin esperar a que las clases terminaran, sin esperar a nadie, totalmente extasiada. Allí abrió su bolso y sacó aquel corazón que aún palpitaba majestuoso. El olor la envolvía llevándola a un trance. Acomodó el corazón de Jean en un frasco y lo ubicó en una de las repisas donde reposaban aquellos muñecos de felpa que la acompañaron en su niñez. No recuerda muy bien lo que ocurrió después. Sabe que desde ese momento algo cambió en ella. Se dedicó a arreglarse para el baile de graduación y lo próximo que recuerda es estar bailando con su apuesto novio en medio de un templete elevado en un hermoso jardín, iluminado con pequeños y delicados faroles que llenaban la atmósfera de una magia romántica. Su baile lento, era admirado desde las ventanas del gran salón. Nadie se atrevía a interrumpir su lugar, es como si hubiese sido construido para esa ocasión en especial. Una música ligera con toques modernos, era la pieza la que acompañaba el momento que él cerró con un tierno pero apasionado beso. Sus labios no se separaron. Elena no muy segura de lo que hacía acarició el pecho de su acompañante tiernamente, lo que la llevó a sentir el palpitar del corazón de su enamorado. El beso se tornaba más y más apasionado, incluso en el momento en que la mano de ella comenzó a presionar firmemente hacia dentro, abriéndose espacio entre la ropa y la carne de su novio. Él, no se percataba de lo que ocurría debido al beso que ahogaba cualquier quejido y distraía la atención de cualquier espectador. Ahora el corazón de él, le pertenecía a Elena.

Los ojos de ella mostraron una tristeza que yo jamás había advertido en alguien real, sus labios temblorosos mencionaron que, desde ese día ella ha coleccionado los corazones de los hombres que la han intentado pretender. Me dijo que no se sentía mal por ello, pero le causaba un inmenso dolor el hecho que aquellos hombres jamás pudieran ser felices de nuevo. Que ama conservar sus corazones para ella, que es algo fascinante que jamás pidió, ni imaginó que llegara dicho deseo. No le gusta ver como el brillo en sus ojos se marchita y su rostro se vuelve inerte, carente de toda sensación o vislumbro de vida. Dice que sabe que está mal lo que hace, que no se puede permitir jamás ser tan egoísta, pero aún así no lo puede evitar. Elena, aquella mujer maravillosa de ojos miel con tonos verdosos, tan cautivadores; era una especie de súcubo que no acecha, sino que espera que llegue la victima a ella y perdiendo la inocencia que la hace tan cautivadora, se vuelve mártir de sus más oscuros instintos.

No podía dar crédito a lo que escuchaba. Sin darme cuenta mis ojos la habían dejado de mirar para enterrarse en el profundo mar de hojas rojizas y de color ocre que caían lentamente en el césped. No estaba mirando nada pero a la vez lo miraba todo, estaba aterrado y a la vez fascinado; no podía creer que la mujer que me acompañaba fuese capaz de tan espeluznantes actos. No entendía como esto pudiese ocurrir en realidad. Lo peor, es que me había enamorado de Elena y no solo de sus suaves labios que jamás había tocado, ni de su rostro que contagiaba tranquilidad a todo el que la admirase, sino que me había enamorado de lo que era, de que lo ella representaba, perfecta, inteligente, hermosa... y una asesina. Me había enamorado una vez más, muy a mi pesar y pasando por encima de todo lo que había creído y aún sobre el hecho de jurarme a mí mismo no volver a tener nada que no soportara perder. Pero esta vez todo era diferente, Elena no sería mía, pero yo seria de ella. Me conservaría para siempre y me admiraría aunque tuviese que compartirla. Lleve mi mano a mi pecho y me concienticé de lo que esto significaba. Mi pulso se alteraba cada vez más y mi respiración parecía casi inexistente. En este momento, era un muerto en vida, a punto de tomar una decisión que me cambiaría de manera definitiva.

Ella guardaba silencio, mirándome curiosa, con aquellos ojos hipnotizantes que en ese momento perforaban mas allá de mi ser. Observando mi alma esperaba apacible a que yo reaccionara. Mi puño aferraba con fuerza el sweater que se encontraba bajo mi abrigo, por un momento mis pulmones se llenaron de aire y todo quedó en absoluto silencio. Tanto Elena como yo conteníamos la respiración y guardábamos silencio a la expectativa. Un chasquido similar al de las ramas secas que se quiebran, rompió con el silencio, dándole paso a un quejido sordo que trate de tragarme con todas mis fuerzas. Mi mano había entrado en mi pecho y los ojos de Elena se abrieron como platos observando fijamente lo que ocurría. La sangre rojo carmesí salía a borbotones, brillante, espesa y absolutamente sana, se veía llena de vida. Los huesos de mi tórax se encontraban destrozados, pero el dolor era ínfimo para el daño que me había causado. Busqué cuidadosamente mi corazón, el cual pareció colaborar. Deseaba salir, tanto como yo sacarlo de aquel recóndito lugar. No me causo ningún esfuerzo entrar y tomarlo, pero sacarlo fue una historia diferente, sacarlo fue agónico, pues mi cuerpo no estaba de acuerdo con nosotros, necesitaba de él para poder vivir, de su palpitar, del flujo constante que bombea. Mis pulmones comenzaron a inflarse para dificultar su extracción y mis arterias lo contenían como lazos de acero, una a una las venas comenzaron a reventar, mientras las arterias lo abrazaban en su totalidad con el fin de contenerlo. Jamás me sentí desfallecer de tal forma, el dolor era insoportable pero aún quería continuar, mis labios se tornaron de un color rojo violáceo y mi piel se marchito como papel. Al fin logre sacar mi corazón el cual contemple frente a mí. Al final entendí que era lo que sentía Elena. Era absolutamente hermoso, aún con lo acabado y dañado que se encontraba. Era sencillamente magnifico.

Moví lentamente mis manos chorreantes de mi propia sangre hacia ella y deposite en sus manos mi maltrecho corazón, sus ojos no habían brillado jamás en lo que duró nuestra conversación con tanto esplendor como en ese momento, era sencillamente fantástico aquel brillo. Sus manos se amoldaron a su forma, acunándolo como si fuera un bebe recién nacido, sus labios se humedecieron y sus parpados se cerraban y abrían lentamente tratando de aclarar su visión, como si quisieran tratar de negar cualquier tipo de alucinación. Sus labios intentaron moverse para formar alguna frase, pero se detuvieron en el momento que le dije: –Estoy cansado de estar solo y mientras tú lo conserves, no lo estaré jamás... aunque no te tenga para mí–. Ella no comprendía lo que yo estaba diciendo, pero aún así prefirió guardar silencio y esperar a que yo dijera algo mas, lo que obviamente ocurrió –Te amo Elena, es absurdo amar de esa forma sin tan siquiera conocerte, pero ya te he dicho que hay algo mal en mi corazón y es que siente demasiado... no importa lo que intente hacer, jamás podre estar a tu lado, pero hay una parte de mi que tu quieres y esa parte también quiere estar junto a ti. Así que es tuyo, te ha pertenecido desde el momento en que me has dicho “me llamo Elena” y no hay nada de malo en entregártelo–. Los ojos de Elena se entristecieron cundo vieron los míos y fue en el mismo instante en el cual se apagaron, mientras se bañaban en lagrimas, su brillo desapareció y la sonrisa que se había dibujado en la comisura de mis labios también se esfumo de un momento a otro. Me sentí pesado, cansado, pero no podía dormir, el dolor desaparecía lentamente y mis pulmones retomaban un ritmo acompasado.

Elena sacó de su bolso un frasco de cristal y depositó con cuidado mi viejo corazón en él. Lo dejó caer con tal gracia y cuidado, que solo un devoto podría hacer. Cerró el frasco firmemente con una tapa plana de color cobre brillante, asegurándose de que no se fuera a abrir. Lo miró una vez más y lentamente acercó el frasco a su rostro, para que sus labios alcanzaran a besar el frió cristal con el corazón latente dentro, dejando el rastro de sus labios empañados en el cristal. Ella me miró y dijo –No puedo quedarme– a lo que le respondí –Lo sé, no tienes que hacerlo–. Jamás me di cuenta del momento en que mis labios se movieron para pronunciar esas palabras, incluso pienso que sólo las imagine. Elena se acercó a mí y con una de sus manos limpió las lágrimas que recorrían mi inmóvil rostro, se inclinó para besar mi mejilla con tal suavidad que era prácticamente irreal. Se levantó, arregló su sweater y acomodó la correa de su bolso en su hombro izquierdo, mientras perdida en una mirada que no pude seguir me dijo en un tono suave –Gracias–. Se alejó con un paso que parecía casi hacerla levitar, las hojas de los árboles otoñales caían tras ella, creando una cortina de despedida. Jamás nos volveríamos a ver, pero ella se llevaba lo que quería de mí y eso me hacía feliz, al menos una parte de mí la acompañaría.

La amaba y había sido liberado, no paraba de llorar, pero ya no importaba. Era una marioneta sin titiritero, abandonado en la banca de un parque que se convertía en el sueño de cualquier escritor nostálgico, en un cuento de amor surreal. Pero esto era real, al menos para mí. Mis brazos descansaban en la banca y mi cabeza baja, miraba perdida el horizonte tan opaca y vacía, como la de una muñeca antigua con ojos de cristal dañados por el tiempo. Ahora no era más que un cascarón vacío, pero aún estaba vivo y sentía el viento soplar bailando con los hilos de mi pelo que acariciaban mi rostro, pero no me daba gracia alguna. El mundo ya no tenía sabor.

Y estaba ahí, sentado en el parque en esa tarde otoñal, tan típica como se supone que son las tardes otoñales. Con un atardecer naranja despampanante, de esos que parece que el cielo ardiera en llamas, recordando de miles de historias, solo una... mi historia. La historia en la cual jamás volvería a estar solo y que ahora está ligada a la historia de Elena. La coleccionista de corazones.  

(Texto ganador del tercer puesto del "IV Encuentro de Escritores LA TADEO AL PIE DE LA LETRA")

jueves, 21 de julio de 2011

Los devoradores de Sueños

Siempre hay algo que sale mal en los sueños, pero los sueños no sólo se quedan en sueños. Los sueños a veces despiertan del mundo de Morfeo y llegan al mundo de los humanos en forma de escritos, canciones, obras, razones, leyes, poemas, actores o masones. Sea cual sea la forma en que los sueños despiertan siempre hay algo que los persigue, hay muchas clases de devoradores de sueños, no todos son malos, algunos son excesivamente glotones y engullen vorazmente a los sueños sin siquiera percatarse de qué tan grave puede ser lo que hacen, hay algunos que son curiosos y quieren saber que tal es tener un sueño en sus pancitas, otros, los perversos, son devoradores malignos puesto que devoran los sueños, no por su sabor o por su aspecto, estos devoradores de sueños lo hacen dependiendo de la ilusión que el soñador tenga en el sueño que escapa; lo hacen por el simple hecho de poder hacerlo, de tener el control. En esto que se demuestra lo contrario al dicho popular que dice que “lo único que no cuesta es soñar.”

Pero hay casos en que los devoradores de sueños no son más que una criatura curiosa y vanidosa, que no quiere hacer daño alguno ni devorar el sueño que hostiga, tan sólo busca dejar huella una cicatriz en el sueño para que este se acuerde de su devorador para siempre o hasta que el sueño deje de ser sueño para hacerse una realidad aburrida y olvidada. Los devoradores toman forma similar al sueño a cazar, no es que sea una regla sin excepción pero al menos se asemejan al mundo o la etapa en el que el sueño ha crecido, es el caso de un dibujo abstracto el devorador tomará forma de ser abstracto debido a las dificultades que representan el cazarlo en su propio medio sin estar preparado. Algunos devoradores pueden tomar incluso la forma de uno o varios animales, adoptando de estos las características que mejor les ayudarán a sortear una fácil cacería de sueños.

Vaya! si son curiosas estas criaturas pero aunque parezcan enternecedoras, cariñosas o incluso un sueño, si en algún momento usted llega a cruzarse con alguno de estos devoradores, no olvide jamás que son ellos quien le arrebatan sus sueños, pero ni pierda su tiempo intentándolos atrapar, matar, encerrar o adiestrar, los devoradores de sueños son bastante curiosos, escurridizos y excelentes escapistas, jamás dejan una pista cuando de cazar se trata y menos cuando el escapar los llama. En fin, por más malo que los creamos, de no ser por ellos el mundo estaría lleno de sueños viejos que no dejarían lugar a los sueños nuevos, que al final son los que hacen que la vida sea menos aburrida y más esperanzadora.

¿Usted ha reconocido alguna vez un sueño? ¿No? Pues entonces jamás verá a un devorador de sueños.

lunes, 20 de junio de 2011

Un café sin voz

Dos hombres caminaban por la acera totalmente distraídos, sumidos absolutamente en su cotidiano, el uno rumbo al norte y el otro rumbo al sur. Pronto los dos cruzarían su camino y algo entre ellos los haría girar para encontrar sus miradas; algo que les inflo el pecho y quebró su estomago.

Se reconocieron de inmediato sin que antes se hubieran visto, abrieron sus ojos marrón como platos por la sorpresa, apretaron con fuerza sus labios y fruncieron el ceño. El uno esquivó la mirada y comenzó a buscar entre sus bolsillos, el otro lo miró despectivamente de arriba abajo, vio sus zapatos deportivos, el jean roído que traía puesto, su chamarra de cuero y el asqueroso pelo largo que traía suelto al viento. El primero sacó un paquete de cigarros y el segundo sin decir nada sacó su encendedor y le ofreció lumbre, las miradas se cruzaron de nuevo y el descontento por verse se notaba enseguida, de igual forma encendió el cigarro, ofreciéndole al otro uno de vuelta que también fue recibido.

El segundo hombre se agarró la cabeza, mantuvo el cigarro en su mano y se recostó contra la pared mirando al cielo, los suspiros ahogados en humo se hacían presentes… Ninguna palabra salió nunca. Al terminar sus cigarrillos cruzaron juntos la calle, se dirigieron a un café y entraron juntos, se sentaron en la mesa del fondo, donde los iluminaba una lamparita de luz de tungsteno, se sentaron uno frente al otro y el primero pidió dos cafés cargados. Las palabras se ahogaban en sus gargantas pero sus miradas lo decían todo -La besé por mucho tiempo- , -Pero yo la beso ahora- los cigarros se acumulaban en el cenicero los puños se estrechaban con fuerza sobre la mesa, los dientes se apretaban y las mirabas se clavaba en los ojos del otro.

-Yo la amo-, -Pero es mía ahora- Se decían sin más con las miradas,  -¡Devuélvemela! Maldito bastardo-, -La perdiste por incompetente- Se miraban los dedos, pensando que también habían tocado a la misma puerta , el mismo cuerpo, se reconocían los labios como dueños de los mismo besos en tiempos distintos.

Pasaron las horas, el café cerró y el primer hombre pagó todo lo consumido en la velada mientras el otro compraba unos cigarros en el kiosco de la calle, al salir éste lo esperaba con un cigarro, se lo fumaron mirando a la luna, al terminar, ambos lo tiraron al piso, se echaron una ultima mirada y esta vez un poco más amables , después se dieron la espalda y se alejaron... Nunca se volvieron a ver.

domingo, 8 de mayo de 2011

Mi confesión

He de confesarles que no he logrado ser la persona que he deseado ser para ustedes
Tampoco he intentado dejar de ser quien soy por ustedes
No he logrado amar de esa forma inimaginable
U odiar con tan terrible furia
No he logrado ocultar mis lágrimas ante quienes no merecen verlas
No he logrado evitar sonreírle a las personas que me han inspirado a hacerlo
Admito que la vida se me ha ido entre melodramas y cigarrillos
Entre escritos y dibujos... que nadie lee y que nadie ve
Confieso que la música me llena las venas y me muevo por ella
Que soy un músico de mentiras
Confieso que no sé tocar nada más que las fibras del alma de los hombres para romperlas
                                                                                                                                    con mi torpeza
No he logrado ser tan imaginativo como quisiera
Que mi soledad me fascina pero el encierro me angustia
Confieso que he cantado mucho en la ducha
Que canto mal y que siempre he deseado diluirme con el agua y escapar por el sifón
Admito que la lluvia me hipnotiza y me pone un poco melancólico
Que odio mi risa y me escondo tras ella
Que no soy un chico malo.... pero tampoco soy tan bueno
Que nunca he sabido besar
Mis besos me exigen entregarlo todo y no tengo en quien depositarlos
Admito que me he cortado los labios besando a quien no debí haber besado
Que he seguido obsesivamente los labios de quien no quiere volver a besarme
Confieso que mi piel hierve y se derrite ante las frías caricias de quien me quiere de
                                                                                                                                         momento
Que mi corazón se endurece ante el cálido roce de quien me amaría por siempre
Confieso que nunca aprendí a mentir
Pero también admito que no sé si he dicho la verdad
Sólo estoy hecho de secretos
Confieso que tengo miedo a quedarme definitivamente solo... pero es lo que he buscado
                                                                                                          desde el inicio de mis tiempos
Que aunque mis ojos no lo digan aun sigo llorando
Aunque mis sonrisas lo nieguen no soy tan feliz
Confieso que no escucho bien las palabras sabias
Pero estoy atento a toda la basura que me encuentro en el camino
Confieso que aun pienso en esos días que nunca he dejado de desear
Pero ya no quiero buscarlos
Confieso que soy un mediocre y jamás he terminado lo que he iniciado
Pero tampoco estoy pensando en lo que estoy escribiendo
Confieso que soy un consentido aunque detesto que lo haga quien no disfruta hacerlo
Confieso que me siento triste y la razón no lo merece
Confieso que siento frió y aún me desnudo para ser abrazado por la verdad
Confiero que no me gusta mi cumpleaños porque odio las sonrisas y los saludos falsos
Porque es el aniversario de algo que no me he perdonado jamás
Que soy muy duro conmigo mismo
Que nada me gusta y pretendo ser un gruñón
Pero mi corazón es demasiado blando para no disfrutar lo que tanto detesto
Detesto las mentiras más que a nada en el mundo
Pero aún así nadie me ha mirado a los ojos y me ha dicho la verdad
Y Confieso que no sé confesarme
Pero sobre todo que no pretendía hacerlo

martes, 12 de abril de 2011

Mi sueño, un sueño


He tenido un sueño...
Un sueño en que ninguno existe.
Ni tu, ni yo, ni ellos.

Un sueño en el cual jamás nos separaremos, un sueño en el que sin más, siempre estaremos juntos. Te he visto pasar más de un millón de veces a través de la vitrina del café, incapaz de hablarte e incapaz de moverme, simplemente me propongo a contemplar tu caminado singular, fantástico.

He tenido un sueño en el cual ni tu ni yo existimos en el mundo del otro. He tenido un sueño en el que sólo te he visto pasar y tu no sabes que existo. He tenido un sueño en el cual he pensado en hablarte, he pensado en seguirte, pero en mi sueño siempre estoy sentado, embriagado por el aroma de mi "Château", con las manos juntas y los labios entrecerrados, respirando de a poco por mi boca y de a poco por mi nariz, mientras mi cigarro se consume lentamente en mis labios con tan sólo unas pocas probadas.

Has tenido un sueño en el que caminas por la calle de la ciudad, atravesando elegante las calzadas y saltando con gracia el pequeño arcén que da espacio para que el tiempo se congele a tu alrededor. Has tenido un sueño en el cual caminas tranquila y deprisa, un sueño en el que estás alegre y tus labios rosa sonríen mientras el abanicar coqueto de tus ojos van dejando una atmósfera misteriosa a donde quiera que mires.

Has tenido un sueño en que tus jeans rotos se ajustan como quieres, en el que utilizas sandalias que juegan con el color miel de tu abrigo de gamuza; esas sandalias que te hacen ver ligera y grácil, ese abrigo no muy largo que llega un poco más abajo de la cintura, que te protege del frió otoñal que comienza a juguetear por todos lados, en el que te debes sentir tan a gusto por la forma en que metes las manos en sus bolsillos. Te ves tan hermosa, sencillamente juvenil, tu piel limpia, rejuvenecida, y tu pelo brillante y coqueto que parece agradarle bailar con el viento.

Hemos tenido un sueño en el que nos encontramos una tarde en la misma parte del centro de la ciudad, yo en mi café y tu en la calle, un sueño en el que no sé tu nombre y solamente te veo y no me atrevo a hablarte, un sueño en el que tu pasas frente a mí sin saber que estoy allí. Un sueño en el que no hablo de amor y en el que todo parece más real que nuestra realidad. Un sueño en el que sólo me dedico a mirar y en el que no nos vamos a extrañar.
Un sueño en el que podemos suspirar y verlo en el aire, un sueño tan real que incluso he comenzado a dudar si estoy aquí sentado en este café, y si verte pasar es el sueño, o tenerte a mi lado siendo feliz es el verdadero.

He tenido un sueño tuyo sin haberte soñado nunca. He tenido un sueño en el sueño que pretendo vivir como vida. He tenido un sueño en el que me imaginado tu voz, tus labios sonriendo por alguno de mis comentarios. He tenido un sueño en el que sólo te veo pasar por mi vitrina y he visto tus pasos andar los que yo recorrí al pasar para llegar a este lugar. He tenido un sueño que sin duda he de recordar, un sueño que termina al haber comenzado y comienza cuando termina.

Tu no supiste que estuve allí mirándote como yo no sabía que estarías allí pasando frente a mí, no sabía que mi sueño sólo duraría lo que que se demoró mi cigarro en consumirse y en lo que se demoró la hoja otoñal en caer de su rama a tu pelo indiferente. Un sueño que terminó en el momento en que me diste la espalda para seguir tu camino, un sueño que comenzó apenas te di la espalda para tomar un sorbo de mi "Château".

Sigue tu camino, yo soñaré un lindo sueño para los dos.

martes, 5 de abril de 2011

Todo lo que María odia de mí

A María la vi por primera vez en un bus, casi no puedo pagarle al conductor por estar viendo su belleza, resaltaba entre los demás, brillaba con luz propia, era como una atmósfera mágica generada por la combinación del traga luz y el polvo que por supuesto tienen los buses de ese tipo.

Ella ni siquiera se percató de mi existencia, toda su atención la absorbía una de esas revistas gratuitas que regalan en las paradas del bus, era como si nada fuera digno de su interés, así que si debía atender a algo, sería a esa revista que no trataría de flirtiarle. 

Logré conocerla aunque ya no recuerdo como fue, pero nunca me he sentido mas feliz que cuando la conocí. Compartir mi vida a su lado es maravilloso, simplemente fantástico. Todo tiene un nuevo color, una nueva tonalidad, es impredecible y eso me encanta, cada vez que voltea a mirarme bajo sus lentes, mi corazón brinca emocionado.

Ella detesta que me le quede observando, dice que es ridículo que alguien se le quede mirando durante tanto tiempo sin decir nada. Me dice que no es ningún televisor para que me le quede viendo de esa forma y menos algún tipo de espectáculo para que se diviertan al verla. Nunca le gustó tener lentes, pero dice que es escandaloso el valor de una operación láser, así que que se hace a la idea de utilizarlos.

Me encanta cuando ríe, sus dientes son hermosos, como una linda hilera de alguna gema blanquecina de valor incalculable, todo a su alrededor palidece y hasta el mismo sol parece perder brillo ante eso. Amo como sus ojos se entornan al reír, como su nariz se dilata intentando tomar un poco más de aire, más del que esas diminutas fosas en esa nariz de mármol dejan entrar.

Ella detesta reírse, dice que soy perjudicial para ella, ya que mi estupidez le da risa y eso arruga su cara. Dice que sus dientes son normales, y que reír es una muestra de agrado a las personas, y yo no es que le agrade, pero es inevitable reírse de mí.

Besarle sería fantástico, imagino sus dulces labios fundiéndose en los míos, quemándome por dentro, haciéndome palpitar a cada segundo, la sangre en mis labios corriendo ardiente, ferviente, sellando por fin lo que siento en un solo beso, con nuestros cuerpos juntos sintiendo la respiración del otro y la danza de nuestro corazones intentando comunicarse.

Ella dice que los besos son asquerosos, que la mezcla de fluidos corporales es innecesaria en una estúpida muestra de sentimientos hacia el otro, y que tan rápido como se desenvuelve sólo puede terminar en sexo. Un beso según ella es la transfusión de miles de bacterias y parásitos que habitan normalmente en nuestra boca, simplemente pensar en eso le da nauseas.

Verla dormir, velar su sueño se sublima en mi interior llenándome de ternura, se ve tan frágil a pesar de su fortaleza, veo sus debilidades que al despertar se ocultan. Podría quedarme horas mirando cómo duerme y descansa su mente, dejándome que la proteja de cualquier cosa que pueda hacerle daño.

Al final abre los ojos y me dice que me largue, que soy yo quien la agobia, me pide el favor de dejarla descansar, que me separe un poco, que le de su espacio, que necesita respirar y mi hedor no se lo permite, que al despertar todo va a seguir siendo agotador conmigo a su lado, que le permita escapar al mundo de morfeo a donde no voy a ir jamas, por estar pensando en ella.

Yo amo a María.... Aunque María me deteste. 

lunes, 28 de marzo de 2011

No tiene tan mal sabor este café

¿Ya no puedes recordar las voces, los colores, los olores, aquellas texturas inescrutables, fácilmente comparadas con las de un mundo fantástico, las sensaciones, los brillos y las sombras?

¿Ya no puedes recordar qué se siente, cuando intentabas seducir la vida con tus ojos hermosos y brillantes de color miel?

¿No recuerdas la increíble tranquilidad del viento jugando con tu rostro y el candente ardor de tus labios al  degustar aquellos deliciosos sabores, cremosos y fríos como la nieve pero de textura aterciopelada?

¿Podrás recordar entonces la suavidad que decías sentir cuando pasaba delicadamente mi rígida mano en tu delicado rostro, teniendo precaución de no presionar demasiado?

Sé que tampoco recordarás aquellas noches sobre alguna de las acogedoras ramas de aquel gigantesco cedro, en la arboleda de atrás de aquella vieja casa abandonada, que nos brindaba sus largos y fuertes brazos para mecernos o recostarnos juntos, tan cerca que casi era embriagante el olor de tu piel cuando yo sutilmente me acercaba para degustar el bouquet… Y tu, gentilmente percatándote de mis intenciones, actuabas como si yo fuera tan sigiloso, que no te enterabas de mis propósitos y entrecerrabas los ojos para sentir por  completo mi arrítmica respiración, mientras las estrellas centellaban a lo lejos en ese negro bastidor de colosales proporciones, mientras los grillos nos dedicaban sus más nostálgicas melodías y las luciérnagas suplían la carencia de destello de los astros.

Tampoco recordaras lo sutil de los visos rosas en tus mejillas al despertar después de una noche de contar estrellas, y que tus ojos brillaban de tal forma con el sol que parecía que te hubieras robado un par de ellas. Tu aliento era encantador, a diferencia de los mortales era tan suave, tan perfecto… ¿Olvidaste cuánto me gustaba y cuánto te lo repetía, verdad?

¿Recuerdas cuando discutíamos? Yo salía a correr grandes distancias sacando mi frustración, mi dolor… Era muy extraño, yo sí lo recuerdo muy bien, el cielo se confabulaba en contra mía, como si le pesara tus lágrimas abstractas y como yo no podía llorar, llovía a mi alrededor. No me es muy difícil recordarlo, aún conservo en mi memoria el roce de las gélidas gotas de lluvia, como si una legión de ángeles llorara al verte llorar… Poco a poco mi cuerpo se iba deteniendo, aún no comprendo por qué, si por el peso de mis ropas mojadas o por el frío que se adentraba en mí hasta poseer mis huesos, el caso es que no mucho después de que comenzara a llover me detenía en medio del oscuro, pesado y perturbado cielo de tonos grises azulados, negros cenizos y blancos humeantes. A lo lejos siempre parecía soleado y brillante, lo cual me daba una sensación de que aquellas arremolinadas nubes me perseguían incansables mi cabeza, para recordarme constantemente que eras tú la que llorabas y no yo. Sin reparo alguno y delante de mis ojos desorbitados, el cielo se calmaba y poco a poco las nubes tormentosas cedían a una calma casi exasperante. Giraba sobre mí mismo y ahí estabas tú, tan perfectamente radiante, tan extraordinariamente hermosa, sonriendo con esos fulminantes y brillantes dientes blancos como perlas y siempre con una chaqueta seca lista para mí… Preparada para abrigarme.

Yo sí recuerdo el frenesí de emociones que causaban ese lento abanicar generado por tus largas pestañas, graciosas y perfectamente ubicadas a lo largo de tus ojos miel brillante de acanelada transparencia, en los días que salíamos de excursión a las montañas para ver el ocaso. No puedo olvidar lo fuerte que agarrabas mi mano con nuestros dedos entrelazados al sentirme suspirar… Recuerdo muy bien todo eso, al igual que recuerdo que tú no perdías detalle alguno de los visos naranjas, rosas, amarillos y rojos que tomaba el sol al acostarse tras el claro que parecía no tener fin desde aquel risco, destino obligatorio en los días de excursión.

¿Te acuerdas del miedo que tuviste y cómo te abracé para consolarte? Esa noche el cielo era demasiado oscuro para reconocer algo afuera, a través de la ventana. -La luz falló por alguna extraña razón-. Fue lo que siempre dijiste, pero la verdad era que a causa de la tormenta, se había sobrecargado alguno de los fusibles y falló. La oscuridad no era tan impenetrable contigo cerca, siempre te dije que proyectabas luz propia, pero aun así el sórdido silbido del viento, el golpeteo de las gotas contra la ventana y contra cada una de las superficies del lado oeste de la cabaña, hacían un sonido tan estrepitoso comparado con la silenciosa tranquilidad del campo. Siseando, el agua que intentaba apoderarse de nosotros falló a causa del refugio que nos brindaba nuestra acogedora cabaña de fin de semana, que sólo se veía perturbada por los vivos y destellantes relámpagos seguidos de los ensordecedores truenos que hacían eco en el valle, generando así un vibrante sonido que nos hacia estremecer el cuerpo inconscientemente, con su fugaz y sutil temblorcillo que nos recorría de arriba abajo. Así que te abracé al percibir que temblabas más de lo que te podía hacer temblar el estrepitoso estruendo. Sin reparos, me abalance sobre ti y tomándote por la espalda te abracé, llevándote firmemente contra mi pecho, tratando que mi abrazo cubriera lo más posible tu torso para que te sintieras tranquila, segura, protegida. Tu cabello olía a lluvia y no encontré una razón, ya que ese día no te habías expuesto a ella. Tu cuerpo comenzó a tranquilizarse, tu respiración cogió nuevamente el ritmo y yo respiré a ese ritmo, como si fuera una danza de dos… Se sentía tan bien el calor que emanaba tu cuerpo en las noches frías.

¿Sabes algo? No tiene tan mal sabor este café. No es tan despreciable como lo suponía, pero no es eso lo que me preocupa, es un poco más agobiante la soledad de esta sala.
¿Nadie más vendrá?

Quisiera que estuvieras tú para acompañarme, pero sé que soy yo el que está aquí para acompañarte. ¿Sabes? Te ves hermosa… Toda una princesa, tan radiante como siempre, tus labios estáticos son hermosos, quisiera besarlos. Nunca fui capaz de hacerlo y ahora no creo que sea el momento adecuado para ello. Se ven tan suaves, debe sentirse igual que un copo de algodón tratado, tan puro, tan suave, tan delicado.

Tus ojos son perfectos, pero aunque no los puedo ver porque los tienes cerrados, tus pestañas siguen siendo igual a como las recordaba; esas pestañas estilizadas y naturales de color castaño claro, que hacen juego perfectamente con tus ojos miel. ¿Te molesta si fumo? Creo que no, el cristal te protege, lo sé. Es verdad, fumar hace daño, pero lo comencé a hacer hace mucho tiempo. ¿Hace cuánto no nos veíamos? ¿Habré sido tan eterno en tu memoria como lo has sido tú en la mía?

Hubiera dado mi vida por reencontrarme contigo en otras condiciones, no aquí, no en esta situación. Me desespera verte allí, encerrada en medio de esta solitaria sala, en medio de una nada llena de flores sin nombre y miles de olores que no son los tuyos, los que amaba. Me desespera estar aquí solo, hablándote y tu sin querer… Sin que puedas contestarme.

Quiero que salgas de ese absurdo cajón y bailes conmigo. Está hermoso ese traje blanco, sencillo, ligero, te queda estupendo. El rosa de tus mejillas aun te acompaña y apostaría que de poder abrir tus ojos, me mirarías con ese color miel brillante que me derrite, que me enamora de ti.

¿Ya no puedes recordar las voces, los colores, los olores, aquellas texturas inescrutables, fácilmente comparadas con las de un mundo fantástico, las sensaciones, los brillos y las sombras?...

¿Ya no puedes recordar qué se siente, cuando intentabas seducir la vida con tus ojos hermosos y brillantes de color miel?

Entonces yo lo recordaré por ti… serás inmortal en mi memoria.

No permitiré no estar nuevamente a tu lado, como cuando me necesitaste.

domingo, 20 de marzo de 2011

Recuérdame

Recuérdame

Más no dejes que los demás vuelvan del pasado
Deja que se quede atrás
No nos hagas más daño
No pienses en el mañana
Deja que ahora estemos los dos
Cierra tus ojos
Y disfruta

Déjame disfrutar del que estés junto a mí
Sólo déjame
No toques mi piel
No traigas los recuerdos del pasado
No trates de acortar las distancias
No te muevas
No nos toquemos
No te vayas si llueve
Solo déjame estar a tu lado
Sólo un poco
Pero déjame recordarte

Elevemos nuestros rostros juntos
Y dedícate a sentir
No ansíes un beso
No llegará
No me recuerdes
Deja que yo lo haga
Estaré bien así

Deja que el viento juegue con nuestro cabello
No traigas el pasado de nuevo
Ni pienses en un mañana nuevo
Hoy es hoy
Disfrútalo

Pronto te irás y yo seguiré mi camino
Dedícate a disfrutar
Que estamos una vez más juntos
Sólo déjame sentir
Sólo dedícate a sentir
No digas nada
No trates de tocar mi mano
Sólo piensa que estás bien

Y yo seré feliz
Feliz por ti
Por siempre

Caminemos un poco
Deja que mi cuerpo siga tu ritmo
No pienses en el amor
Déjame respirar
Al doblar a la esquina mi amor se irá detrás de ti
No digas nada
Nuestra historia es un secreto
Nadie jamás se debe enterar
No me abraces
Déjame

Sigue tu camino
Yo me quedare aquí
No quiero seguirte y no lo haré
Solo diré que amé amarte
Y que es tiempo de irte

martes, 15 de marzo de 2011

Vida Monocromo

Nunca he dejado de pensar, la verdad no quise que nadie más se volviera a enterar… pero no te preocupes, siempre es igual, la vida continúa vistiendo sus grises rostros de ocupación mientras yo estático espero aquí.

Nunca superé que en realidad un día tus cosas no estuvieran en casa, y que sólo acertara en sentarme a la mesa de dos puestos que teníamos en la cocina y servirme un vaso de leche fría que se entibió frente a mí sin que la bebiera. Pero no te preocupes, las cosas siempre son así, la gente viene y va y yo sigo aquí.

Nunca arruiné alguna reunión de algún amigo, tan sólo me senté en la esquina más apartada de la multitud, viendo como sonreían, bebían, hablaban y jamás volteaban a mirar. Pero no te preocupes, siempre ha sido así; la gente se conoce, se enamora, baila, canta, juega y cría, todos seguirán sus caminos, sus trabajos, sus vidas, mientras yo me quedo aquí.

Nunca admití que la vida se moviera de una manera tan veloz para que jamás pudiera prestarle atención. Tan sólo tuve miedo de que los demás me compadecieran de mi “jamás me gustó eso”; siempre fingí. Pero no te preocupes, las cosas siempre son así; apuesto que a muchos les pasa, simplemente todos tienen de lenguaje neto el mentir, todos nos mienten siempre y jamás podré saber la verdad… pero no te aflijas que yo estoy aquí.

Nunca pude decirte la verdad de que lo eras todo para mí. Me asustaba demasiado el que estuvieras a mi lado, pues solo existía soledad a mí alrededor. Siempre estuve anonadado de tu belleza y me golpeaba la cabeza en la ducha tratando de despertar mientras el agua caliente caía sobre mi nuca. Pero no te preocupes, la gente siempre miente así; cuando algo que no debería suceder sucede, se miente así, tratando de mostrar la menor sorpresa que se pueda para no ahuyentar con tanto entusiasmo, como ha pasado aquí.

Nunca le sonreí a alguien que no fueras tú, ya que siempre comprendí que nunca fuera del mínimo agrado para nadie, sólo iba de tu mano y sonreía por ti, para ti. Pero no te preocupes, siempre se finge así; la razón es no lastimar a quien hipócritamente intenta no hacerlo contra nosotros, pues estamos igualmente unidos a un absurdo juego de sonreír, saludar y detestar al pasar, mientras caminamos por ahí.

Pero ahora estar aquí preguntando por qué, y yo no sé que responder a parte de que te he extrañado, y tratar de evitar que las lágrimas rebosen mis ojos y salgan, porque no podría parar. Pero no te preocupes, siempre soy así; evado tus preguntas para evitar dar mis respuestas y abrir mi corazón una vez más, aquí.

Estoy cansado… cada día es igual.

Nunca pude dormir en la cama que compramos para los dos. Desde que te fuiste las sabanas me absorbían, la vida me gemía, gritando mi inutilidad. El colchón se hacía tan duro que no me dejaba descansar, y en ocasiones tan blando que me consumía en un profundo abismo que me dejaba en la más completa oscuridad… siempre ahí, soledad a mi alrededor. Pero no te preocupes, siempre soy así; vivo mi monocromática vida carente de calor, mientras carezco también de mí estando aquí.

Nunca admití a mis allegados qué tan destrozado estaba en mi interior por tu partida. Siempre levanté la cabeza y caminé todos los días a mi trabajo, jugueteando en mi bolsillo con aquel anillo que dejaste en la mesa del teléfono, apretándolo en mi mano hasta que desapareció. Pero no te preocupes, es bueno ser así; lo hice porque imaginé que la vida junto a mí debió ser insoportable y sólo quise darte un poco de vida no yendote a buscar, quedándome aquí.

¡Soy un cobarde!

Nunca le he dicho a nadie que no he vuelto a dormir. Mi rostro lo dice por sí solo, contrastando los huesos de mi rostro en una vieja y desecha piel, blanquecina como la nieve y con bolsas bajo los ojos que descansan con su grisáceo color ceniza. Pero no te preocupes, todos piensan que soy así; recuerda que nunca he sido muy saludable y mi frágil cuerpo siempre ha tenido un aspecto solitario y enfermizo, como aquel que hay por aquí.
Nunca dije a nadie que le amo como a ti. Cada día, cada camino lo recordaba hasta que lo olvidé, nunca pude encontrar de nuevo la palabra, sé que la extravié. Discúlpame, siempre soy así.

¡Sigue y siéntate! Qué descortés soy… ¿Puedo ofrecerte un vaso de leche o quizás un café? ¿Tienes tiempo para acompañarme a cenar, o sólo me saludas porque pasabas por aquí y decidiste pasar? ¿Quieres un poco de música? Puedo cantar también, si te parece mejor…. No te preocupes, aun canto cuando estoy feliz y hoy es un día en el que estoy así.

Dime, ¿Cómo esta tu vida, tu trabajo? Me haría tan feliz… ¿Tienes hijos? ¿Cómo esta George? No te preocupes, siempre supe quien es, sólo no dije nada porque te quería ver feliz. Sabía que él era amable contigo desde que te conoció, es un buen hombre que te podía hacer feliz, mientras que yo permanecía aquí.
¿Has vuelto a sonreír? Dime cómo es el barrio, cuéntame sobre los pájaros… ¿Has vuelto a montar en bicicleta, o es que el tiempo ya no te alcanza para nada? ¿Por qué tienes esa cara de preocupación? ¿Te preocupa que siempre haya sido así?

No te preocupes, siempre he sabido a qué has venido hoy, qué te hizo volver a pisar este suelo monocromo, qué te hizo enclaustrarte a estas paredes monocromo y sentarte frente a este hombre monocromo. Sé que has venido a verme morir. Pero no te preocupes, no será hoy y menos frente a ti.

Nunca permitiré dejarte verme morir. No soporto la idea de que me veas desfallecer y quedes llorando en esta casa tan sola, vieja y descuidada. No quiero que lo último que recuerdes de mí sea esa gélida expresión que queda al morir. Ya he perdido mi dignidad, mi expresión, mi mirada. No permitas que el único sueño que he tenido en mi vida no se cumpla, hoy, contigo aquí.

Pero qué tarde se ha hecho, cómo se pasa el tiempo cuando las personas se divierten. No te asustes que la vida sigue y aun te sigo amando así. Ve a casa junto a George y tus hijos y mantén en tu mente mi cristalina sonrisa; recuérdame así porque me has hecho feliz, sonriendo para ti.

No te preocupes, nos volveremos a ver… Ten cuidado al volver a casa, gracias por tu visita.

Ya se ha ido…. no me esperaba su visita, ahora me he retrasado.

Es hora de morir un poco más en esta vida monocromo

Espera por mí que yo seguiré aquí. 

domingo, 6 de marzo de 2011

El Hombre del Pocillo

Erase una vez un hombre chiquito, que vivía dentro de un viejo pocillo olvidado en el rincón de una cocina. Éste hombre tenía el corazón tan pequeño, que sólo le cabía un sentimiento a la vez en su diminuto cuerpecito. Se alimentaba del sedimento de café viejo que aún quedaba en el fondo del pocillo y de algunas migajas de pan o galletas que encontraba alrededor de la alacena. Era un gruñón, pero qué se podía esperar de un hombre solitario, que nunca conoció a nadie igual a él. Se sentía solo y su tristeza con el tiempo se convirtió en amargura.

Un día vio a una mujer hermosa caminar por la cocina, de cabello oscuro y medianamente largo, de grandes y expresivos ojos, labios inigualables, blancos y ordenados dientes que brillaban como perlas. -¿Quién será?-.  Se preguntó, ya que nunca había visto a nadie que no fuera la pareja de ancianos tranquilos que habitaba la casa. Inmediatamente sintió una atracción hacia ella, mas no lo demostró, ya que el ser un gruñón se lo impedía. Sin embargo sintió deseos de caminar por la cocina, se dio a sí mismo el pretexto de estirar un poco sus viejos huesos y ejercitar su marchito cuerpo, pero la verdad era que su corazón quería verla.

Ella lo vio pero no se asustó, por el contrario sonrió y le preguntó: -¿Cómo está mi pequeño gruñón?-.

Éste abrió los ojos y se sonrojó, pero siguió caminando con su cabeza baja, las manos tomadas detrás de la espalda y con un paso lento pero constante, como el reloj colgado en la pared de la cocina.

-Estoy bien gracias-. Su barba se movió levemente y respondió casi con un murmullo. Ella no lo escuchó muy bien, se agachó colocando sus brazos con gracia sobre el mesón y depositando en él su angelical rostro, le volvió a sonreír y le pidió que repitiera lo que le había dicho. Él, aterrado por tanta gentileza, se detuvo, se recostó contra el salero de cristal que estaba a su lado, apoyándose en uno de sus pies y metiendo las manos en sus bolsillos. Se quedo en silencio un segundo, luego un sonido salió de entre su barba.

-Mmmmmhhhhgggg... estoy bien... gracias-. Dijo esta vez en un tono legible. Sacó de entre el bolsillo de su chaleco una pequeñísima pipa, que parecía haber sido hecha por un gran carpintero.
Ella le ofreció lumbre pero tenía miedo de quemarlo con el fuego del cerillo, así que encendió uno pero lo dejó en un pequeño plato. Cuando el cerillo estaba casi consumido él se acercó, arrancó una astilla incandescente y con ella encendió la pipa.

-Mmmmmmmmm... qué bien huele-. Dijo ella. -¿Qué fumas?-.

-Sueños, de los sueños de niños lejanos vienen y me dejan un poco de tabaco Séntica-. Dijo. - Vienen de muy lejos a traérmelo y a que les cuente algunas historias…-.

Se detuvo un momento y reflexionó. -No sé porque lo hacen, si soy un gruñón-. Volvió a detenerse, suspiró y dijo. -Pero adoro que lo hagan, amo este tabaco-. Lo que no confesó fue que adoraba que también vinieran a verle, para cumplirle sus caprichos.

Ella rió gentilmente y acercó una silla al mesón para sentarse. A él le acercó la caja de cerillos para que también se sentara.

-¿Qué son los Sénticas?-. Le preguntó.

-Son seres que no son ni como tú ni como yo-. Dijo él. -Son delgados, altos y de cabellos largos, algunos claros, algunos oscuros. Nunca sonríen y les cuesta llorar, aunque no son seres tristes ni felices. Aman fumar y crean el mejor tabaco del mundo, pero su pasatiempo predilecto es que, como no pueden comer ni dormir, se quedan mirando el mundo de los humanos desde sus balcones, descansando cuando los enamorados se quedan dormidos uno al lado del otro, hombro junto a hombro, abrazados. Se alimentan de la felicidad de los humanos, no pueden morir, pero tampoco he visto a ninguno vivir para siempre. Curiosas criaturas son los Sénticas.

Quedó cabizbajo por un momento.

-Para hacer sonreír a los humanos y así alimentarse de su felicidad-. Siguió. – Los Sénticas construyen sueños perfectos. Son extraordinarios constructores de sueños. Los hacen grandes, pequeños, cortos o invisibles, bonitos u horribles, de sabores, sin colores, que se oyen o se sienten. Saben técnicas perfectas para todos y cada uno de los sueños. Tienen sueños para todos, para ti, para mi, y para aquel vago que siempre le roba los pasteles de la ventana a aquella anciana.

Ella suspiró y le preguntó.

-¿Dónde puedo encontrar a un séntica?-.

-Nadie lo sabe-. Respondió él. -Sólo los sueños, de los sueños de niños lejanos lo saben, y ni siquiera a mi me lo dicen.

-¿Entonces como sabes que existen?-. Replicó ella.

-Porque fumo su tabaco y sólo un verdadero artista Séntica lo sabe hacer-.

-¿Y cómo nacen los sénticas?-. Preguntó nuevamente, un poco incrédula.

-Nadie lo sabe. Dicen que no nacen-. Dijo él sonriendo pícaramente.

-¡DIMELOOOOOOOOO! Sé que tu sabes-. Contestó ella, y él estalló en carcajadas nerviosas.

-Eso pensé-. Agregó ella con su rostro angelical, mirándolo fijamente a sus pequeños ojos. -Vas a decirme como nacen ¿Verdad?-.

El hombrecito se quedó mirándola en silencio.

-Dicen algunos caminantes-. Le contestó. -Que cuando un hombre como yo se enamora de una mujer como tú, nace un Séntica en el mundo de los Sénticas-.

Ella se sonrojó, pero le pareció exagerado, así que nuevamente le preguntó.

-¿Cómo se sabe que un hombre como tu se enamora de una mujer como yo?-.

-Cuando tú te vuelvas como yo-. Le dijo sin el menor rastro de duda en su voz. -Y yo me convierta en un Séntica mas. Cuando beses el aire y vivas en mi viejo pocillo, y cuando estés suspirando y te conviertas en un viejo gruñón, y le cuentes a los sueños, de los sueños de niños lejanos, historias como esta, esperando el día en que alguien como tú, te pregunte gentilmente ¿Cómo estás? Y tu también seas un Séntica, entonces estaré esperándote, pero mientras eso ocurre, te mandare tabaco para que sepas que te amo.

lunes, 7 de febrero de 2011

El Secreto

Es fácil engañar y más, si vas a ser aplaudido.

Todos tenemos algo que ocultar, algo que nadie más puede saber, algo que nos acompaña a la cama y está ahí presente mientras haces el amor, mientras duermes, mientras suspiras. Es algo que en ocasiones te consiente y te deja dormir tranquilo, que te toca el rostro, te besa y te sientes cómodo con ello. En otras ocasiones, tan solo se molesta contigo, entra a tus sueños, te ronda, te juzga, te presiona el pecho para no dejarte respirar. Es algo que vive contigo, que habita dentro de ti, a tu lado, sobre ti, en cualquier lugar. Hay algunos secretos que son una mentira, hay algunos otros que solo son verdad para quien los oculta, hay secretos que salen solos, otros nunca saldrán.

Hay quienes actúan todos los días, quienes viven una vida doble y hay quienes actúan una vida que no les corresponde, hay quienes se sacrifican por su obsesión y por ello ocultan a cualquier precio lo que deben ocultar. He conocido muchos hombres y he sabido tantos secretos, algunos perturbadores, algunos ni siquiera merecen ser llamados secretos; yo tengo fantasmas que me rondan y otros tantos que me rondan pero no me pertenecen. He rogado, por dejar de tenerlos, dejar de sentirlos, he rogado por cerrar los ojos y sacrificarme por ellos… para que sean libres y vayan a casa.

En mis viajes, he conocidos nuevos secretos, en mis viajes, que capturado otros tantos…

Un día conocí en un camino, un secreto, era un pequeño secreto, tan pequeño que se puede salir por entre tus dientes. Un secreto triste, demasiado triste para ser tan pequeño. Era un secreto de amor y como en las buenas novelas, con el amor venia la desilusión. Era un secreto con luz en los ojos. Para mí, que tan solo soy un secreto más, que vivo envuelto en secretos y sus primas las intrigas, ésta luz de este pequeño me decía que tenía esperanza. Me conmoví tanto por este secretito que lo adopte como hermano, como propio, como hijo… me tengo prohibido a mi mismo contarles éste secreto, porque volvería a dejarlo huérfano y yo que crecí siendo un secreto huérfano sé mejor que nadie, que si tu eres un secreto, es mejor y mucho más dulce seguir siendo secreto.

También en mis viajes he conocido secretos que no saben que son secretos y otros que son secretos muertos y a nadie importan, algunos que sangran y unos más que hacen llorar. Hay secretos grandes, otros pequeños; secretos gordos y delgados; algunos negros, otros que no lo son tanto; hay secretos que hacen felices a los demás y otros tantos que nacen por bienestar. Existen otros, que son muy extraños de encontrar, son secretos difíciles de conocer y difíciles de creer, a estos secretos son a los que pertenezco yo. Como soy un secreto y no pueden saber mucho de mí, les cuento que los que soy de esos secretos nacidos de verdades. No se supone que las verdades tengan secretos pero aun así, algunas los tienen y por eso nosotros, que nacimos de las verdades somos más secretos aun, porque somos prohibidos, somos secretos que no deberíamos existir, que en ciertas ocasiones somos guardados de tal forma que nunca vemos la luz del sol y otras tantas somos extirpados de una manera en que nos sentimos huérfanos, somos olvidados, pero no dejamos de existir porque aun estamos ahí… yo soy uno de esos secretos, de los secretos más secretos, de los que olvidaron.

Somos tan raros que solo he vuelto a ver uno como yo. Aunque sé que no existimos pocos, tampoco somos muchos… en ocasiones me preguntan en la calle o en algunas tiendas donde descanso un poco y me tomo algo, “Secreto ¿Cómo hago para saber si soy un secreto?” Yo les digo: “Siéntate a mi lado y cuéntame tu vida, si notas me quedo callado y me dedico a escucharte, sabrás que no eres un secreto porque me lo has dicho todo. Pero si no puedes decir nada porque te dan ganas de besarme y abrazarme, puede que seas un secreto. Si tocas mis labios con los tuyos y sientes esa triste ternura de mis besos, si identificas mis labios con los tuyos, eres un secreto que no sabía que era secreto.

...Pero si sientes deseos de besar aun más apasionadamente, aun más profundo!!!
No eres un secreto….
Te has enamorado de uno".