¿Ya no puedes recordar las voces, los colores, los olores, aquellas texturas inescrutables, fácilmente comparadas con las de un mundo fantástico, las sensaciones, los brillos y las sombras?
¿Ya no puedes recordar qué se siente, cuando intentabas seducir la vida con tus ojos hermosos y brillantes de color miel?
¿No recuerdas la increíble tranquilidad del viento jugando con tu rostro y el candente ardor de tus labios al degustar aquellos deliciosos sabores, cremosos y fríos como la nieve pero de textura aterciopelada?
¿Podrás recordar entonces la suavidad que decías sentir cuando pasaba delicadamente mi rígida mano en tu delicado rostro, teniendo precaución de no presionar demasiado?
Sé que tampoco recordarás aquellas noches sobre alguna de las acogedoras ramas de aquel gigantesco cedro, en la arboleda de atrás de aquella vieja casa abandonada, que nos brindaba sus largos y fuertes brazos para mecernos o recostarnos juntos, tan cerca que casi era embriagante el olor de tu piel cuando yo sutilmente me acercaba para degustar el bouquet… Y tu, gentilmente percatándote de mis intenciones, actuabas como si yo fuera tan sigiloso, que no te enterabas de mis propósitos y entrecerrabas los ojos para sentir por completo mi arrítmica respiración, mientras las estrellas centellaban a lo lejos en ese negro bastidor de colosales proporciones, mientras los grillos nos dedicaban sus más nostálgicas melodías y las luciérnagas suplían la carencia de destello de los astros.
Tampoco recordaras lo sutil de los visos rosas en tus mejillas al despertar después de una noche de contar estrellas, y que tus ojos brillaban de tal forma con el sol que parecía que te hubieras robado un par de ellas. Tu aliento era encantador, a diferencia de los mortales era tan suave, tan perfecto… ¿Olvidaste cuánto me gustaba y cuánto te lo repetía, verdad?
¿Recuerdas cuando discutíamos? Yo salía a correr grandes distancias sacando mi frustración, mi dolor… Era muy extraño, yo sí lo recuerdo muy bien, el cielo se confabulaba en contra mía, como si le pesara tus lágrimas abstractas y como yo no podía llorar, llovía a mi alrededor. No me es muy difícil recordarlo, aún conservo en mi memoria el roce de las gélidas gotas de lluvia, como si una legión de ángeles llorara al verte llorar… Poco a poco mi cuerpo se iba deteniendo, aún no comprendo por qué, si por el peso de mis ropas mojadas o por el frío que se adentraba en mí hasta poseer mis huesos, el caso es que no mucho después de que comenzara a llover me detenía en medio del oscuro, pesado y perturbado cielo de tonos grises azulados, negros cenizos y blancos humeantes. A lo lejos siempre parecía soleado y brillante, lo cual me daba una sensación de que aquellas arremolinadas nubes me perseguían incansables mi cabeza, para recordarme constantemente que eras tú la que llorabas y no yo. Sin reparo alguno y delante de mis ojos desorbitados, el cielo se calmaba y poco a poco las nubes tormentosas cedían a una calma casi exasperante. Giraba sobre mí mismo y ahí estabas tú, tan perfectamente radiante, tan extraordinariamente hermosa, sonriendo con esos fulminantes y brillantes dientes blancos como perlas y siempre con una chaqueta seca lista para mí… Preparada para abrigarme.
Yo sí recuerdo el frenesí de emociones que causaban ese lento abanicar generado por tus largas pestañas, graciosas y perfectamente ubicadas a lo largo de tus ojos miel brillante de acanelada transparencia, en los días que salíamos de excursión a las montañas para ver el ocaso. No puedo olvidar lo fuerte que agarrabas mi mano con nuestros dedos entrelazados al sentirme suspirar… Recuerdo muy bien todo eso, al igual que recuerdo que tú no perdías detalle alguno de los visos naranjas, rosas, amarillos y rojos que tomaba el sol al acostarse tras el claro que parecía no tener fin desde aquel risco, destino obligatorio en los días de excursión.
¿Te acuerdas del miedo que tuviste y cómo te abracé para consolarte? Esa noche el cielo era demasiado oscuro para reconocer algo afuera, a través de la ventana. -La luz falló por alguna extraña razón-. Fue lo que siempre dijiste, pero la verdad era que a causa de la tormenta, se había sobrecargado alguno de los fusibles y falló. La oscuridad no era tan impenetrable contigo cerca, siempre te dije que proyectabas luz propia, pero aun así el sórdido silbido del viento, el golpeteo de las gotas contra la ventana y contra cada una de las superficies del lado oeste de la cabaña, hacían un sonido tan estrepitoso comparado con la silenciosa tranquilidad del campo. Siseando, el agua que intentaba apoderarse de nosotros falló a causa del refugio que nos brindaba nuestra acogedora cabaña de fin de semana, que sólo se veía perturbada por los vivos y destellantes relámpagos seguidos de los ensordecedores truenos que hacían eco en el valle, generando así un vibrante sonido que nos hacia estremecer el cuerpo inconscientemente, con su fugaz y sutil temblorcillo que nos recorría de arriba abajo. Así que te abracé al percibir que temblabas más de lo que te podía hacer temblar el estrepitoso estruendo. Sin reparos, me abalance sobre ti y tomándote por la espalda te abracé, llevándote firmemente contra mi pecho, tratando que mi abrazo cubriera lo más posible tu torso para que te sintieras tranquila, segura, protegida. Tu cabello olía a lluvia y no encontré una razón, ya que ese día no te habías expuesto a ella. Tu cuerpo comenzó a tranquilizarse, tu respiración cogió nuevamente el ritmo y yo respiré a ese ritmo, como si fuera una danza de dos… Se sentía tan bien el calor que emanaba tu cuerpo en las noches frías.
¿Sabes algo? No tiene tan mal sabor este café. No es tan despreciable como lo suponía, pero no es eso lo que me preocupa, es un poco más agobiante la soledad de esta sala.
¿Nadie más vendrá?
Quisiera que estuvieras tú para acompañarme, pero sé que soy yo el que está aquí para acompañarte. ¿Sabes? Te ves hermosa… Toda una princesa, tan radiante como siempre, tus labios estáticos son hermosos, quisiera besarlos. Nunca fui capaz de hacerlo y ahora no creo que sea el momento adecuado para ello. Se ven tan suaves, debe sentirse igual que un copo de algodón tratado, tan puro, tan suave, tan delicado.
Tus ojos son perfectos, pero aunque no los puedo ver porque los tienes cerrados, tus pestañas siguen siendo igual a como las recordaba; esas pestañas estilizadas y naturales de color castaño claro, que hacen juego perfectamente con tus ojos miel. ¿Te molesta si fumo? Creo que no, el cristal te protege, lo sé. Es verdad, fumar hace daño, pero lo comencé a hacer hace mucho tiempo. ¿Hace cuánto no nos veíamos? ¿Habré sido tan eterno en tu memoria como lo has sido tú en la mía?
Hubiera dado mi vida por reencontrarme contigo en otras condiciones, no aquí, no en esta situación. Me desespera verte allí, encerrada en medio de esta solitaria sala, en medio de una nada llena de flores sin nombre y miles de olores que no son los tuyos, los que amaba. Me desespera estar aquí solo, hablándote y tu sin querer… Sin que puedas contestarme.
Quiero que salgas de ese absurdo cajón y bailes conmigo. Está hermoso ese traje blanco, sencillo, ligero, te queda estupendo. El rosa de tus mejillas aun te acompaña y apostaría que de poder abrir tus ojos, me mirarías con ese color miel brillante que me derrite, que me enamora de ti.
¿Ya no puedes recordar las voces, los colores, los olores, aquellas texturas inescrutables, fácilmente comparadas con las de un mundo fantástico, las sensaciones, los brillos y las sombras?...
¿Ya no puedes recordar qué se siente, cuando intentabas seducir la vida con tus ojos hermosos y brillantes de color miel?
Entonces yo lo recordaré por ti… serás inmortal en mi memoria.
No permitiré no estar nuevamente a tu lado, como cuando me necesitaste.