lunes, 28 de marzo de 2011

No tiene tan mal sabor este café

¿Ya no puedes recordar las voces, los colores, los olores, aquellas texturas inescrutables, fácilmente comparadas con las de un mundo fantástico, las sensaciones, los brillos y las sombras?

¿Ya no puedes recordar qué se siente, cuando intentabas seducir la vida con tus ojos hermosos y brillantes de color miel?

¿No recuerdas la increíble tranquilidad del viento jugando con tu rostro y el candente ardor de tus labios al  degustar aquellos deliciosos sabores, cremosos y fríos como la nieve pero de textura aterciopelada?

¿Podrás recordar entonces la suavidad que decías sentir cuando pasaba delicadamente mi rígida mano en tu delicado rostro, teniendo precaución de no presionar demasiado?

Sé que tampoco recordarás aquellas noches sobre alguna de las acogedoras ramas de aquel gigantesco cedro, en la arboleda de atrás de aquella vieja casa abandonada, que nos brindaba sus largos y fuertes brazos para mecernos o recostarnos juntos, tan cerca que casi era embriagante el olor de tu piel cuando yo sutilmente me acercaba para degustar el bouquet… Y tu, gentilmente percatándote de mis intenciones, actuabas como si yo fuera tan sigiloso, que no te enterabas de mis propósitos y entrecerrabas los ojos para sentir por  completo mi arrítmica respiración, mientras las estrellas centellaban a lo lejos en ese negro bastidor de colosales proporciones, mientras los grillos nos dedicaban sus más nostálgicas melodías y las luciérnagas suplían la carencia de destello de los astros.

Tampoco recordaras lo sutil de los visos rosas en tus mejillas al despertar después de una noche de contar estrellas, y que tus ojos brillaban de tal forma con el sol que parecía que te hubieras robado un par de ellas. Tu aliento era encantador, a diferencia de los mortales era tan suave, tan perfecto… ¿Olvidaste cuánto me gustaba y cuánto te lo repetía, verdad?

¿Recuerdas cuando discutíamos? Yo salía a correr grandes distancias sacando mi frustración, mi dolor… Era muy extraño, yo sí lo recuerdo muy bien, el cielo se confabulaba en contra mía, como si le pesara tus lágrimas abstractas y como yo no podía llorar, llovía a mi alrededor. No me es muy difícil recordarlo, aún conservo en mi memoria el roce de las gélidas gotas de lluvia, como si una legión de ángeles llorara al verte llorar… Poco a poco mi cuerpo se iba deteniendo, aún no comprendo por qué, si por el peso de mis ropas mojadas o por el frío que se adentraba en mí hasta poseer mis huesos, el caso es que no mucho después de que comenzara a llover me detenía en medio del oscuro, pesado y perturbado cielo de tonos grises azulados, negros cenizos y blancos humeantes. A lo lejos siempre parecía soleado y brillante, lo cual me daba una sensación de que aquellas arremolinadas nubes me perseguían incansables mi cabeza, para recordarme constantemente que eras tú la que llorabas y no yo. Sin reparo alguno y delante de mis ojos desorbitados, el cielo se calmaba y poco a poco las nubes tormentosas cedían a una calma casi exasperante. Giraba sobre mí mismo y ahí estabas tú, tan perfectamente radiante, tan extraordinariamente hermosa, sonriendo con esos fulminantes y brillantes dientes blancos como perlas y siempre con una chaqueta seca lista para mí… Preparada para abrigarme.

Yo sí recuerdo el frenesí de emociones que causaban ese lento abanicar generado por tus largas pestañas, graciosas y perfectamente ubicadas a lo largo de tus ojos miel brillante de acanelada transparencia, en los días que salíamos de excursión a las montañas para ver el ocaso. No puedo olvidar lo fuerte que agarrabas mi mano con nuestros dedos entrelazados al sentirme suspirar… Recuerdo muy bien todo eso, al igual que recuerdo que tú no perdías detalle alguno de los visos naranjas, rosas, amarillos y rojos que tomaba el sol al acostarse tras el claro que parecía no tener fin desde aquel risco, destino obligatorio en los días de excursión.

¿Te acuerdas del miedo que tuviste y cómo te abracé para consolarte? Esa noche el cielo era demasiado oscuro para reconocer algo afuera, a través de la ventana. -La luz falló por alguna extraña razón-. Fue lo que siempre dijiste, pero la verdad era que a causa de la tormenta, se había sobrecargado alguno de los fusibles y falló. La oscuridad no era tan impenetrable contigo cerca, siempre te dije que proyectabas luz propia, pero aun así el sórdido silbido del viento, el golpeteo de las gotas contra la ventana y contra cada una de las superficies del lado oeste de la cabaña, hacían un sonido tan estrepitoso comparado con la silenciosa tranquilidad del campo. Siseando, el agua que intentaba apoderarse de nosotros falló a causa del refugio que nos brindaba nuestra acogedora cabaña de fin de semana, que sólo se veía perturbada por los vivos y destellantes relámpagos seguidos de los ensordecedores truenos que hacían eco en el valle, generando así un vibrante sonido que nos hacia estremecer el cuerpo inconscientemente, con su fugaz y sutil temblorcillo que nos recorría de arriba abajo. Así que te abracé al percibir que temblabas más de lo que te podía hacer temblar el estrepitoso estruendo. Sin reparos, me abalance sobre ti y tomándote por la espalda te abracé, llevándote firmemente contra mi pecho, tratando que mi abrazo cubriera lo más posible tu torso para que te sintieras tranquila, segura, protegida. Tu cabello olía a lluvia y no encontré una razón, ya que ese día no te habías expuesto a ella. Tu cuerpo comenzó a tranquilizarse, tu respiración cogió nuevamente el ritmo y yo respiré a ese ritmo, como si fuera una danza de dos… Se sentía tan bien el calor que emanaba tu cuerpo en las noches frías.

¿Sabes algo? No tiene tan mal sabor este café. No es tan despreciable como lo suponía, pero no es eso lo que me preocupa, es un poco más agobiante la soledad de esta sala.
¿Nadie más vendrá?

Quisiera que estuvieras tú para acompañarme, pero sé que soy yo el que está aquí para acompañarte. ¿Sabes? Te ves hermosa… Toda una princesa, tan radiante como siempre, tus labios estáticos son hermosos, quisiera besarlos. Nunca fui capaz de hacerlo y ahora no creo que sea el momento adecuado para ello. Se ven tan suaves, debe sentirse igual que un copo de algodón tratado, tan puro, tan suave, tan delicado.

Tus ojos son perfectos, pero aunque no los puedo ver porque los tienes cerrados, tus pestañas siguen siendo igual a como las recordaba; esas pestañas estilizadas y naturales de color castaño claro, que hacen juego perfectamente con tus ojos miel. ¿Te molesta si fumo? Creo que no, el cristal te protege, lo sé. Es verdad, fumar hace daño, pero lo comencé a hacer hace mucho tiempo. ¿Hace cuánto no nos veíamos? ¿Habré sido tan eterno en tu memoria como lo has sido tú en la mía?

Hubiera dado mi vida por reencontrarme contigo en otras condiciones, no aquí, no en esta situación. Me desespera verte allí, encerrada en medio de esta solitaria sala, en medio de una nada llena de flores sin nombre y miles de olores que no son los tuyos, los que amaba. Me desespera estar aquí solo, hablándote y tu sin querer… Sin que puedas contestarme.

Quiero que salgas de ese absurdo cajón y bailes conmigo. Está hermoso ese traje blanco, sencillo, ligero, te queda estupendo. El rosa de tus mejillas aun te acompaña y apostaría que de poder abrir tus ojos, me mirarías con ese color miel brillante que me derrite, que me enamora de ti.

¿Ya no puedes recordar las voces, los colores, los olores, aquellas texturas inescrutables, fácilmente comparadas con las de un mundo fantástico, las sensaciones, los brillos y las sombras?...

¿Ya no puedes recordar qué se siente, cuando intentabas seducir la vida con tus ojos hermosos y brillantes de color miel?

Entonces yo lo recordaré por ti… serás inmortal en mi memoria.

No permitiré no estar nuevamente a tu lado, como cuando me necesitaste.

domingo, 20 de marzo de 2011

Recuérdame

Recuérdame

Más no dejes que los demás vuelvan del pasado
Deja que se quede atrás
No nos hagas más daño
No pienses en el mañana
Deja que ahora estemos los dos
Cierra tus ojos
Y disfruta

Déjame disfrutar del que estés junto a mí
Sólo déjame
No toques mi piel
No traigas los recuerdos del pasado
No trates de acortar las distancias
No te muevas
No nos toquemos
No te vayas si llueve
Solo déjame estar a tu lado
Sólo un poco
Pero déjame recordarte

Elevemos nuestros rostros juntos
Y dedícate a sentir
No ansíes un beso
No llegará
No me recuerdes
Deja que yo lo haga
Estaré bien así

Deja que el viento juegue con nuestro cabello
No traigas el pasado de nuevo
Ni pienses en un mañana nuevo
Hoy es hoy
Disfrútalo

Pronto te irás y yo seguiré mi camino
Dedícate a disfrutar
Que estamos una vez más juntos
Sólo déjame sentir
Sólo dedícate a sentir
No digas nada
No trates de tocar mi mano
Sólo piensa que estás bien

Y yo seré feliz
Feliz por ti
Por siempre

Caminemos un poco
Deja que mi cuerpo siga tu ritmo
No pienses en el amor
Déjame respirar
Al doblar a la esquina mi amor se irá detrás de ti
No digas nada
Nuestra historia es un secreto
Nadie jamás se debe enterar
No me abraces
Déjame

Sigue tu camino
Yo me quedare aquí
No quiero seguirte y no lo haré
Solo diré que amé amarte
Y que es tiempo de irte

martes, 15 de marzo de 2011

Vida Monocromo

Nunca he dejado de pensar, la verdad no quise que nadie más se volviera a enterar… pero no te preocupes, siempre es igual, la vida continúa vistiendo sus grises rostros de ocupación mientras yo estático espero aquí.

Nunca superé que en realidad un día tus cosas no estuvieran en casa, y que sólo acertara en sentarme a la mesa de dos puestos que teníamos en la cocina y servirme un vaso de leche fría que se entibió frente a mí sin que la bebiera. Pero no te preocupes, las cosas siempre son así, la gente viene y va y yo sigo aquí.

Nunca arruiné alguna reunión de algún amigo, tan sólo me senté en la esquina más apartada de la multitud, viendo como sonreían, bebían, hablaban y jamás volteaban a mirar. Pero no te preocupes, siempre ha sido así; la gente se conoce, se enamora, baila, canta, juega y cría, todos seguirán sus caminos, sus trabajos, sus vidas, mientras yo me quedo aquí.

Nunca admití que la vida se moviera de una manera tan veloz para que jamás pudiera prestarle atención. Tan sólo tuve miedo de que los demás me compadecieran de mi “jamás me gustó eso”; siempre fingí. Pero no te preocupes, las cosas siempre son así; apuesto que a muchos les pasa, simplemente todos tienen de lenguaje neto el mentir, todos nos mienten siempre y jamás podré saber la verdad… pero no te aflijas que yo estoy aquí.

Nunca pude decirte la verdad de que lo eras todo para mí. Me asustaba demasiado el que estuvieras a mi lado, pues solo existía soledad a mí alrededor. Siempre estuve anonadado de tu belleza y me golpeaba la cabeza en la ducha tratando de despertar mientras el agua caliente caía sobre mi nuca. Pero no te preocupes, la gente siempre miente así; cuando algo que no debería suceder sucede, se miente así, tratando de mostrar la menor sorpresa que se pueda para no ahuyentar con tanto entusiasmo, como ha pasado aquí.

Nunca le sonreí a alguien que no fueras tú, ya que siempre comprendí que nunca fuera del mínimo agrado para nadie, sólo iba de tu mano y sonreía por ti, para ti. Pero no te preocupes, siempre se finge así; la razón es no lastimar a quien hipócritamente intenta no hacerlo contra nosotros, pues estamos igualmente unidos a un absurdo juego de sonreír, saludar y detestar al pasar, mientras caminamos por ahí.

Pero ahora estar aquí preguntando por qué, y yo no sé que responder a parte de que te he extrañado, y tratar de evitar que las lágrimas rebosen mis ojos y salgan, porque no podría parar. Pero no te preocupes, siempre soy así; evado tus preguntas para evitar dar mis respuestas y abrir mi corazón una vez más, aquí.

Estoy cansado… cada día es igual.

Nunca pude dormir en la cama que compramos para los dos. Desde que te fuiste las sabanas me absorbían, la vida me gemía, gritando mi inutilidad. El colchón se hacía tan duro que no me dejaba descansar, y en ocasiones tan blando que me consumía en un profundo abismo que me dejaba en la más completa oscuridad… siempre ahí, soledad a mi alrededor. Pero no te preocupes, siempre soy así; vivo mi monocromática vida carente de calor, mientras carezco también de mí estando aquí.

Nunca admití a mis allegados qué tan destrozado estaba en mi interior por tu partida. Siempre levanté la cabeza y caminé todos los días a mi trabajo, jugueteando en mi bolsillo con aquel anillo que dejaste en la mesa del teléfono, apretándolo en mi mano hasta que desapareció. Pero no te preocupes, es bueno ser así; lo hice porque imaginé que la vida junto a mí debió ser insoportable y sólo quise darte un poco de vida no yendote a buscar, quedándome aquí.

¡Soy un cobarde!

Nunca le he dicho a nadie que no he vuelto a dormir. Mi rostro lo dice por sí solo, contrastando los huesos de mi rostro en una vieja y desecha piel, blanquecina como la nieve y con bolsas bajo los ojos que descansan con su grisáceo color ceniza. Pero no te preocupes, todos piensan que soy así; recuerda que nunca he sido muy saludable y mi frágil cuerpo siempre ha tenido un aspecto solitario y enfermizo, como aquel que hay por aquí.
Nunca dije a nadie que le amo como a ti. Cada día, cada camino lo recordaba hasta que lo olvidé, nunca pude encontrar de nuevo la palabra, sé que la extravié. Discúlpame, siempre soy así.

¡Sigue y siéntate! Qué descortés soy… ¿Puedo ofrecerte un vaso de leche o quizás un café? ¿Tienes tiempo para acompañarme a cenar, o sólo me saludas porque pasabas por aquí y decidiste pasar? ¿Quieres un poco de música? Puedo cantar también, si te parece mejor…. No te preocupes, aun canto cuando estoy feliz y hoy es un día en el que estoy así.

Dime, ¿Cómo esta tu vida, tu trabajo? Me haría tan feliz… ¿Tienes hijos? ¿Cómo esta George? No te preocupes, siempre supe quien es, sólo no dije nada porque te quería ver feliz. Sabía que él era amable contigo desde que te conoció, es un buen hombre que te podía hacer feliz, mientras que yo permanecía aquí.
¿Has vuelto a sonreír? Dime cómo es el barrio, cuéntame sobre los pájaros… ¿Has vuelto a montar en bicicleta, o es que el tiempo ya no te alcanza para nada? ¿Por qué tienes esa cara de preocupación? ¿Te preocupa que siempre haya sido así?

No te preocupes, siempre he sabido a qué has venido hoy, qué te hizo volver a pisar este suelo monocromo, qué te hizo enclaustrarte a estas paredes monocromo y sentarte frente a este hombre monocromo. Sé que has venido a verme morir. Pero no te preocupes, no será hoy y menos frente a ti.

Nunca permitiré dejarte verme morir. No soporto la idea de que me veas desfallecer y quedes llorando en esta casa tan sola, vieja y descuidada. No quiero que lo último que recuerdes de mí sea esa gélida expresión que queda al morir. Ya he perdido mi dignidad, mi expresión, mi mirada. No permitas que el único sueño que he tenido en mi vida no se cumpla, hoy, contigo aquí.

Pero qué tarde se ha hecho, cómo se pasa el tiempo cuando las personas se divierten. No te asustes que la vida sigue y aun te sigo amando así. Ve a casa junto a George y tus hijos y mantén en tu mente mi cristalina sonrisa; recuérdame así porque me has hecho feliz, sonriendo para ti.

No te preocupes, nos volveremos a ver… Ten cuidado al volver a casa, gracias por tu visita.

Ya se ha ido…. no me esperaba su visita, ahora me he retrasado.

Es hora de morir un poco más en esta vida monocromo

Espera por mí que yo seguiré aquí. 

domingo, 6 de marzo de 2011

El Hombre del Pocillo

Erase una vez un hombre chiquito, que vivía dentro de un viejo pocillo olvidado en el rincón de una cocina. Éste hombre tenía el corazón tan pequeño, que sólo le cabía un sentimiento a la vez en su diminuto cuerpecito. Se alimentaba del sedimento de café viejo que aún quedaba en el fondo del pocillo y de algunas migajas de pan o galletas que encontraba alrededor de la alacena. Era un gruñón, pero qué se podía esperar de un hombre solitario, que nunca conoció a nadie igual a él. Se sentía solo y su tristeza con el tiempo se convirtió en amargura.

Un día vio a una mujer hermosa caminar por la cocina, de cabello oscuro y medianamente largo, de grandes y expresivos ojos, labios inigualables, blancos y ordenados dientes que brillaban como perlas. -¿Quién será?-.  Se preguntó, ya que nunca había visto a nadie que no fuera la pareja de ancianos tranquilos que habitaba la casa. Inmediatamente sintió una atracción hacia ella, mas no lo demostró, ya que el ser un gruñón se lo impedía. Sin embargo sintió deseos de caminar por la cocina, se dio a sí mismo el pretexto de estirar un poco sus viejos huesos y ejercitar su marchito cuerpo, pero la verdad era que su corazón quería verla.

Ella lo vio pero no se asustó, por el contrario sonrió y le preguntó: -¿Cómo está mi pequeño gruñón?-.

Éste abrió los ojos y se sonrojó, pero siguió caminando con su cabeza baja, las manos tomadas detrás de la espalda y con un paso lento pero constante, como el reloj colgado en la pared de la cocina.

-Estoy bien gracias-. Su barba se movió levemente y respondió casi con un murmullo. Ella no lo escuchó muy bien, se agachó colocando sus brazos con gracia sobre el mesón y depositando en él su angelical rostro, le volvió a sonreír y le pidió que repitiera lo que le había dicho. Él, aterrado por tanta gentileza, se detuvo, se recostó contra el salero de cristal que estaba a su lado, apoyándose en uno de sus pies y metiendo las manos en sus bolsillos. Se quedo en silencio un segundo, luego un sonido salió de entre su barba.

-Mmmmmhhhhgggg... estoy bien... gracias-. Dijo esta vez en un tono legible. Sacó de entre el bolsillo de su chaleco una pequeñísima pipa, que parecía haber sido hecha por un gran carpintero.
Ella le ofreció lumbre pero tenía miedo de quemarlo con el fuego del cerillo, así que encendió uno pero lo dejó en un pequeño plato. Cuando el cerillo estaba casi consumido él se acercó, arrancó una astilla incandescente y con ella encendió la pipa.

-Mmmmmmmmm... qué bien huele-. Dijo ella. -¿Qué fumas?-.

-Sueños, de los sueños de niños lejanos vienen y me dejan un poco de tabaco Séntica-. Dijo. - Vienen de muy lejos a traérmelo y a que les cuente algunas historias…-.

Se detuvo un momento y reflexionó. -No sé porque lo hacen, si soy un gruñón-. Volvió a detenerse, suspiró y dijo. -Pero adoro que lo hagan, amo este tabaco-. Lo que no confesó fue que adoraba que también vinieran a verle, para cumplirle sus caprichos.

Ella rió gentilmente y acercó una silla al mesón para sentarse. A él le acercó la caja de cerillos para que también se sentara.

-¿Qué son los Sénticas?-. Le preguntó.

-Son seres que no son ni como tú ni como yo-. Dijo él. -Son delgados, altos y de cabellos largos, algunos claros, algunos oscuros. Nunca sonríen y les cuesta llorar, aunque no son seres tristes ni felices. Aman fumar y crean el mejor tabaco del mundo, pero su pasatiempo predilecto es que, como no pueden comer ni dormir, se quedan mirando el mundo de los humanos desde sus balcones, descansando cuando los enamorados se quedan dormidos uno al lado del otro, hombro junto a hombro, abrazados. Se alimentan de la felicidad de los humanos, no pueden morir, pero tampoco he visto a ninguno vivir para siempre. Curiosas criaturas son los Sénticas.

Quedó cabizbajo por un momento.

-Para hacer sonreír a los humanos y así alimentarse de su felicidad-. Siguió. – Los Sénticas construyen sueños perfectos. Son extraordinarios constructores de sueños. Los hacen grandes, pequeños, cortos o invisibles, bonitos u horribles, de sabores, sin colores, que se oyen o se sienten. Saben técnicas perfectas para todos y cada uno de los sueños. Tienen sueños para todos, para ti, para mi, y para aquel vago que siempre le roba los pasteles de la ventana a aquella anciana.

Ella suspiró y le preguntó.

-¿Dónde puedo encontrar a un séntica?-.

-Nadie lo sabe-. Respondió él. -Sólo los sueños, de los sueños de niños lejanos lo saben, y ni siquiera a mi me lo dicen.

-¿Entonces como sabes que existen?-. Replicó ella.

-Porque fumo su tabaco y sólo un verdadero artista Séntica lo sabe hacer-.

-¿Y cómo nacen los sénticas?-. Preguntó nuevamente, un poco incrédula.

-Nadie lo sabe. Dicen que no nacen-. Dijo él sonriendo pícaramente.

-¡DIMELOOOOOOOOO! Sé que tu sabes-. Contestó ella, y él estalló en carcajadas nerviosas.

-Eso pensé-. Agregó ella con su rostro angelical, mirándolo fijamente a sus pequeños ojos. -Vas a decirme como nacen ¿Verdad?-.

El hombrecito se quedó mirándola en silencio.

-Dicen algunos caminantes-. Le contestó. -Que cuando un hombre como yo se enamora de una mujer como tú, nace un Séntica en el mundo de los Sénticas-.

Ella se sonrojó, pero le pareció exagerado, así que nuevamente le preguntó.

-¿Cómo se sabe que un hombre como tu se enamora de una mujer como yo?-.

-Cuando tú te vuelvas como yo-. Le dijo sin el menor rastro de duda en su voz. -Y yo me convierta en un Séntica mas. Cuando beses el aire y vivas en mi viejo pocillo, y cuando estés suspirando y te conviertas en un viejo gruñón, y le cuentes a los sueños, de los sueños de niños lejanos, historias como esta, esperando el día en que alguien como tú, te pregunte gentilmente ¿Cómo estás? Y tu también seas un Séntica, entonces estaré esperándote, pero mientras eso ocurre, te mandare tabaco para que sepas que te amo.