Erase una vez un hombre chiquito, que vivía dentro de un viejo pocillo olvidado en el rincón de una cocina. Éste hombre tenía el corazón tan pequeño, que sólo le cabía un sentimiento a la vez en su diminuto cuerpecito. Se alimentaba del sedimento de café viejo que aún quedaba en el fondo del pocillo y de algunas migajas de pan o galletas que encontraba alrededor de la alacena. Era un gruñón, pero qué se podía esperar de un hombre solitario, que nunca conoció a nadie igual a él. Se sentía solo y su tristeza con el tiempo se convirtió en amargura.
Un día vio a una mujer hermosa caminar por la cocina, de cabello oscuro y medianamente largo, de grandes y expresivos ojos, labios inigualables, blancos y ordenados dientes que brillaban como perlas. -¿Quién será?-. Se preguntó, ya que nunca había visto a nadie que no fuera la pareja de ancianos tranquilos que habitaba la casa. Inmediatamente sintió una atracción hacia ella, mas no lo demostró, ya que el ser un gruñón se lo impedía. Sin embargo sintió deseos de caminar por la cocina, se dio a sí mismo el pretexto de estirar un poco sus viejos huesos y ejercitar su marchito cuerpo, pero la verdad era que su corazón quería verla.
Ella lo vio pero no se asustó, por el contrario sonrió y le preguntó: -¿Cómo está mi pequeño gruñón?-.
Éste abrió los ojos y se sonrojó, pero siguió caminando con su cabeza baja, las manos tomadas detrás de la espalda y con un paso lento pero constante, como el reloj colgado en la pared de la cocina.
-Estoy bien gracias-. Su barba se movió levemente y respondió casi con un murmullo. Ella no lo escuchó muy bien, se agachó colocando sus brazos con gracia sobre el mesón y depositando en él su angelical rostro, le volvió a sonreír y le pidió que repitiera lo que le había dicho. Él, aterrado por tanta gentileza, se detuvo, se recostó contra el salero de cristal que estaba a su lado, apoyándose en uno de sus pies y metiendo las manos en sus bolsillos. Se quedo en silencio un segundo, luego un sonido salió de entre su barba.
-Mmmmmhhhhgggg... estoy bien... gracias-. Dijo esta vez en un tono legible. Sacó de entre el bolsillo de su chaleco una pequeñísima pipa, que parecía haber sido hecha por un gran carpintero.
Ella le ofreció lumbre pero tenía miedo de quemarlo con el fuego del cerillo, así que encendió uno pero lo dejó en un pequeño plato. Cuando el cerillo estaba casi consumido él se acercó, arrancó una astilla incandescente y con ella encendió la pipa.
-Mmmmmmmmm... qué bien huele-. Dijo ella. -¿Qué fumas?-.
-Sueños, de los sueños de niños lejanos vienen y me dejan un poco de tabaco Séntica-. Dijo. - Vienen de muy lejos a traérmelo y a que les cuente algunas historias…-.
Se detuvo un momento y reflexionó. -No sé porque lo hacen, si soy un gruñón-. Volvió a detenerse, suspiró y dijo. -Pero adoro que lo hagan, amo este tabaco-. Lo que no confesó fue que adoraba que también vinieran a verle, para cumplirle sus caprichos.
Ella rió gentilmente y acercó una silla al mesón para sentarse. A él le acercó la caja de cerillos para que también se sentara.
-¿Qué son los Sénticas?-. Le preguntó.
-Son seres que no son ni como tú ni como yo-. Dijo él. -Son delgados, altos y de cabellos largos, algunos claros, algunos oscuros. Nunca sonríen y les cuesta llorar, aunque no son seres tristes ni felices. Aman fumar y crean el mejor tabaco del mundo, pero su pasatiempo predilecto es que, como no pueden comer ni dormir, se quedan mirando el mundo de los humanos desde sus balcones, descansando cuando los enamorados se quedan dormidos uno al lado del otro, hombro junto a hombro, abrazados. Se alimentan de la felicidad de los humanos, no pueden morir, pero tampoco he visto a ninguno vivir para siempre. Curiosas criaturas son los Sénticas.
Quedó cabizbajo por un momento.
-Para hacer sonreír a los humanos y así alimentarse de su felicidad-. Siguió. – Los Sénticas construyen sueños perfectos. Son extraordinarios constructores de sueños. Los hacen grandes, pequeños, cortos o invisibles, bonitos u horribles, de sabores, sin colores, que se oyen o se sienten. Saben técnicas perfectas para todos y cada uno de los sueños. Tienen sueños para todos, para ti, para mi, y para aquel vago que siempre le roba los pasteles de la ventana a aquella anciana.
Ella suspiró y le preguntó.
-¿Dónde puedo encontrar a un séntica?-.
-Nadie lo sabe-. Respondió él. -Sólo los sueños, de los sueños de niños lejanos lo saben, y ni siquiera a mi me lo dicen.
-¿Entonces como sabes que existen?-. Replicó ella.
-Porque fumo su tabaco y sólo un verdadero artista Séntica lo sabe hacer-.
-¿Y cómo nacen los sénticas?-. Preguntó nuevamente, un poco incrédula.
-Nadie lo sabe. Dicen que no nacen-. Dijo él sonriendo pícaramente.
-¡DIMELOOOOOOOOO! Sé que tu sabes-. Contestó ella, y él estalló en carcajadas nerviosas.
-Eso pensé-. Agregó ella con su rostro angelical, mirándolo fijamente a sus pequeños ojos. -Vas a decirme como nacen ¿Verdad?-.
El hombrecito se quedó mirándola en silencio.
-Dicen algunos caminantes-. Le contestó. -Que cuando un hombre como yo se enamora de una mujer como tú, nace un Séntica en el mundo de los Sénticas-.
Ella se sonrojó, pero le pareció exagerado, así que nuevamente le preguntó.
-¿Cómo se sabe que un hombre como tu se enamora de una mujer como yo?-.
-Cuando tú te vuelvas como yo-. Le dijo sin el menor rastro de duda en su voz. -Y yo me convierta en un Séntica mas. Cuando beses el aire y vivas en mi viejo pocillo, y cuando estés suspirando y te conviertas en un viejo gruñón, y le cuentes a los sueños, de los sueños de niños lejanos, historias como esta, esperando el día en que alguien como tú, te pregunte gentilmente ¿Cómo estás? Y tu también seas un Séntica, entonces estaré esperándote, pero mientras eso ocurre, te mandare tabaco para que sepas que te amo.
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