jueves, 1 de septiembre de 2011

La Coleccionista de Corazones


Y estaba ahí, sentada en el parque en esa tarde otoñal, tan típica como se supone que son las tardes otoñales. Su rostro se trasdibujaba y volvía a dibujarse, por los delicados hilos de pelo que danzaban juguetones debido al viento que una y otra vez soplaba en su contra. Parecía tan delicada y se percibía tan tranquila sentada en aquella banca en medio del parque, dándole la espalda a los árboles que cantaban con sus hojas para ella estática y misteriosa, tan bella, tan inquietante. Sus ojos observaban en dirección al suelo, al parecer no prestaba atención a nada en especial, quizás al césped curioso que la saludaba inquieto, su piel es tan blanca, lisa y perfecta casi tratando de imitar la pureza del mármol y la suavidad acogedora del algodón o la seda, hacían juego perfecto con sus delicados labios que se cerraban con suavidad uno sobre el otro; eran de un tono rosa muy tenue casi pastel. Parecía un ángel a pesar de su ropa, que la delataba como un habitante común de este mundo. Llevaba consigo unos jeans azules un tanto gastados, de esos que jamás pasan de moda, no demasiado ajustados pero lo suficiente para hacerse una idea de la figura de sus piernas, un sweater largo cálido, cómodo, en un tono marrón muy apropiado para la temporada; cuyo corte bajaba de la cintura hacia las piernas sin ser demasiado largo para confundirse con algún vestido, de cuello alto y muy amplio, perfecto para abrigar, pero dar total libertad en el movimiento; unas botas altas, casi hasta la altura de las rodillas, de un tono ligeramente más oscuro que el del sweater, pero solamente percibible por mis atónitos ojos y lo extasiado que estaba por el encuentro. Jamás hubiera imaginado en mi vida cruzarme con alguien así.

Pronto sus ojos se cerraron lentamente y al abrirse se dirigieron a mí. Sus ojos miel con cierto tono verdoso se clavaron en los míos paralizándome. No sé cuánto tiempo estuve allí de pie, anonadado por el encuentro de las miradas, en mi interior sencillamente quería desaparecer. Ella me había descubierto mirándola y mi vergüenza estaba latente, pero por alguna extraña razón no era lo suficiente para salir a mi piel y que se pudiera notar. Me sonrió tímida y amistosamente, lo que me animó a sentarme en la banca que estaba a menos de un metro de ella. Respiré y traté de acomodarme, pero mis manos estaban rígidas sobre mis rodillas; hasta ese momento no me había percatado del bolso que traía consigo en la banca el cual parecía dejar a su lado con fingida despreocupación. Apenas lo alcancé a notar cuando una cándida voz llamó mi atención, era ella, era su voz la que se dirigía a mí – Hace frió ¿verdad? – fue lo que me dijo en un tono de voz medio al tiempo que acomodaba el cuello de su sweater tapando bien su nuca y tratando de que quedara a la altura de su labio inferior sin mirarme; – Sssi... sii... un po... poco – tartamudeé confundido, mientras ella sonrió levemente y volteó a mirarme – Soy Elena – me dijo con gracia y asentí con la cabeza – Yo me llamo Juan –. Mientras sentía como se ruborizaba mi cara, ella mostró sus dientes perfectos en sus labios aún más perfectos mientras sonreía y yo la seguí de inmediato. Una brisa hizo que una hoja se escapara de la rama de algunos de los árboles que nos rodeaban y cayera justo sobre mi rostro, lo cual me tomó realmente desprevenido y siendo honesto, mi reacción de sorpresa fue tan graciosa que rompimos en carcajadas los dos, lo que logró romper el hielo.

Hablamos durante un par de horas, nos reímos, bromeamos y nos contamos la vida el uno al otro, cosas que cualquiera podía saber, dónde nacimos, cuál fue nuestra escuela, cómo éramos de niños, la carrera que seguimos en la universidad, y a que nos dedicábamos actualmente. Pronto la conversación apuntó a nuestra experiencia sentimental, fue un tema que todo el tiempo traté de evadir, y no solo en mi conversación con ella. El turno fue mío. Era yo quien tenía que responder a sus preguntas, eran sencillas, no muy dramáticas de responder, pero todo pareció silenciarse a mi alrededor en la expectativa de mi respuesta, los ojos de Elena simplemente perdieron esa infantil ingenuidad, para llenarse de una inquisidora curiosidad, lo que incremento el nerviosismo que jamás desapareció mientras conversé con ella, solo mermó. Solo tenía que tomar aire y admitirlo, abrirme a ella, “parecía una buena persona” solo debía retomar la confianza en mí, aquella que manejé durante toda la conversación, y afrontar que había fracasado en ese tema... una vez que lo hice para mí, decirle a ella fue más bien fácil, aunque bastante nostálgico. Le conté que sencillamente había perdido las ganas de volverlo a intentar, un par de veces fueron suficientes para darme cuenta que no estaba diseñado para eso, toda esa cuestión del amor, del sentir no eran para mí. Algo estaba mal en mi corazón, y hacía que sintiera demasiado, más de lo que yo creía normal para alguien “normal”. Elena pareció sonreír y de nuevo noté ese aire de ingenuidad que me llevaba a contarle todo, todo lo que ella quisiera saber de mí, así que eso me dio más ánimos para continuar. Le hable del amor y de cómo éste había experimentado conmigo. Le dije que no solo creía en él, sino que lo había visto con mis propios ojos. Sabía que el amor existía, porque éste se había presentado frente a mí, que no lo culpaba en absoluto, amar era hermoso, pero aun así, encontrar el amor no significaría que alguien te fuera a amar a ti. Expliqué detalladamente uno y cada uno de los sucesos que me llevaban a decir esto. Elena parecía bastante entretenida, sus labios se entre abrieron en señal de interés, incluso daba la impresión de que el aire no era el suficiente para el que exigían sus excitados pulmones, que su exaltado corazón bombeaba rápidamente a causa de mi historia. Elena me miraba con ternura. No era solo mi historia lo que se lo inspiraba, era todo mi ser, cada uno de los centímetros del brillo de mis ojos, la sinceridad de mis palabras y sobre todo el sonoro palpitar de mi veterano corazón mal cicatrizado.

Elena parecía complacida con mi respuesta, pero el silencio entre los dos significaba que ahora era su turno de hablar sobre ello, lo que indudablemente la puso tensa y prevenida, como si estuviera a la expectativa de cualquier cosa. Entendí que ella también había sido lastimada, pero no me cabía en la cabeza como hombre alguno podía dañar el corazón de mujer tan bella y perfecta. Esto era inverosímil, no podía haber opción alguna de que esto fuera verdad; lastimar a alguien como ella de seguro era pecado capital. Ella retiró los ojos de los míos, giró la cabeza de nuevo hacia el frente aún teniendo el cuerpo en mi dirección y se sumergió en sus pensamientos. Esto me cautivo. Parecía como si estuviera escogiendo con cuidado sus palabras. No sé cuál era el fin de esto, quizás no lastimarse a sí misma con lo que estaba a punto de decirme, o tal vez disminuir el dramatismo para no quedar como una demente. Elena entrecerró nuevamente los ojos con esa magia de la que había dado muestra antes. Se dirigió totalmente hacia mí. Su cuerpo, su postura, su rostro, sus ojos, todo apuntaba en mi dirección, como envolviéndome en su cautivadora presencia. Sus labios comenzaron a moverse y su voz era casi imperceptible. Tuve que poner mucha atención a lo que estaba diciendo para poder entender su susurro, creí en un momento muy breve estar leyendo sus labios, pero pronto me di cuenta que no era ni su voz, ni su dolor lo que no me dejaba entender, era yo el que no quería darle crédito a lo que me estaba contando.


La historia de Elena comenzó como cualquiera. Ella era una adolescente y había un chico del que se había enamorado, él era un joven apuesto y muy popular, solían pasearse en los descansos por la cafetería y los corredores, eran la mejor pareja de la escuela, la más popular. Todos los admiraban, todos los envidiaban, ella era una de las chicas más hermosas que sin duda cualquiera habría visto jamás; y aunque no lo dijo estoy seguro que era la más guapa de la escuela, aquella con la que todos sueñan, aquella que fue la primera experiencia autocomplaciente de algunos jóvenes tímidos en la privacidad de sus habitaciones. Ya podía imaginarla tan hermosa, tan radiante, tan juvenil, la semilla de la belleza que era actualmente, nunca comparable con la de ahora, pero sencillamente magnifica para un adolescente. No era una historia para nada triste y no entendía el por qué de su reacción anterior. Se notaba que había tenido muy buenas experiencias en el ámbito sentimental a pesar de que no fueran muy serias, me siguió narrando su historia de amor escolar, no era muy entretenida, como cualquier programa de televisión. Y como toda película de amor adolescente, el verdadero problema se enfoca en el baile de graduación y este no sería la excepción. Elena unas cuantas horas antes del baile fue invitada por Jean, un joven apuesto pero desarreglado, nada popular, tampoco era de los más estudiosos, uno de esos chicos anónimos que abundan en todos lados. El siempre vio a Elena durante toda la escuela, la admiraba y en silencio, la amaba. Por fin se armó de valor para acercarse a ella, sabía que no tenía posibilidad a su lado, pero antes que sus vidas se alejaran del todo, quiso pasar a su lado el baile de graduación.

Elena por lealtad a su novio lo rechazó, era un rechazo sencillo, no implicaba mucho y no tenía la intención de hacerle daño, fue muy cordial. Pero jamás se imagino cuanto le afectaría a este chico raro. Elena vio como ante sus ojos el pecho de Jean se abría, primero su epidermis para dar lugar a la dermis, la hipodermis, los músculos, los huesos, vio como sangraba a montones, como su piel se empalidecía por la pérdida de sangre. La grasa corporal se movía, para dar lugar al doblez de la carne, parecía un corte quirúrgico. Elena no entendía absolutamente nada, al principio gritó aterrada y después su parálisis no la dejó moverse en lo absoluto. Nunca había visto morir a nadie, el olor de la sangre y de los órganos la envolvía, Jean jamás gritó, no produjo ningún ruido y tampoco se desplomó. Allí de pie frente a ella, con sus ojos llenos de lágrimas sin derramar, con ese temblor en los labios que nos da a todos cuando estamos nerviosos, Jean aún respiraba, la ropa rasgada en el torso y aquel agujero enorme exhibía sus pulmones que aún se movían. Elena no se explicaba lo que sucedió, pero se acercó a él con el rostro bañado en lágrimas. Pronto la sangre dejó de brotar y ella pudo evidenciar el ritmo de los pulmones y el corazón de Jean. Sintió curiosidad, no podía dejar de escuchar el palpitar del corazón y ver como se sincronizaba con el de ella, dejó de llorar y llevó su mano a su pecho, sintiendo su propio palpitar y metió la otra en el pecho de él para sentirlo. Cuidadosamente apretó su puño y encajó el corazón de Jean en su mano, este no dejó de palpitar, por el contrario, su palpitar se tornó cada vez más veloz, más irregular. Elena no daba crédito a lo que veía y sentía, pero el sentimiento de pánico que antes la gobernaba se transformó en deseo, tan incontrolable que la llevó a retirar su mano sin abrirla adueñándose del corazón del pobre Jean, al tiempo todo comenzó a cerrarse quedando como si nada hubiera ocurrido, con la diferencia de que el corazón, estaba fuera de su cálido lugar.

Su relato dio una pausa, tal vez con la intención de darme espacio para respirar y lograr que mis ojos volvieran a encajarse en su lugar. Continuó diciendo que no sabía el por qué de su reacción. Ella metió el corazón de Jean en su bolso y le dio la espalda a este chico que se quedó de pie, rígido como roca y sin brillo en sus ojos. Elena se fue corriendo a su casa sin esperar a que las clases terminaran, sin esperar a nadie, totalmente extasiada. Allí abrió su bolso y sacó aquel corazón que aún palpitaba majestuoso. El olor la envolvía llevándola a un trance. Acomodó el corazón de Jean en un frasco y lo ubicó en una de las repisas donde reposaban aquellos muñecos de felpa que la acompañaron en su niñez. No recuerda muy bien lo que ocurrió después. Sabe que desde ese momento algo cambió en ella. Se dedicó a arreglarse para el baile de graduación y lo próximo que recuerda es estar bailando con su apuesto novio en medio de un templete elevado en un hermoso jardín, iluminado con pequeños y delicados faroles que llenaban la atmósfera de una magia romántica. Su baile lento, era admirado desde las ventanas del gran salón. Nadie se atrevía a interrumpir su lugar, es como si hubiese sido construido para esa ocasión en especial. Una música ligera con toques modernos, era la pieza la que acompañaba el momento que él cerró con un tierno pero apasionado beso. Sus labios no se separaron. Elena no muy segura de lo que hacía acarició el pecho de su acompañante tiernamente, lo que la llevó a sentir el palpitar del corazón de su enamorado. El beso se tornaba más y más apasionado, incluso en el momento en que la mano de ella comenzó a presionar firmemente hacia dentro, abriéndose espacio entre la ropa y la carne de su novio. Él, no se percataba de lo que ocurría debido al beso que ahogaba cualquier quejido y distraía la atención de cualquier espectador. Ahora el corazón de él, le pertenecía a Elena.

Los ojos de ella mostraron una tristeza que yo jamás había advertido en alguien real, sus labios temblorosos mencionaron que, desde ese día ella ha coleccionado los corazones de los hombres que la han intentado pretender. Me dijo que no se sentía mal por ello, pero le causaba un inmenso dolor el hecho que aquellos hombres jamás pudieran ser felices de nuevo. Que ama conservar sus corazones para ella, que es algo fascinante que jamás pidió, ni imaginó que llegara dicho deseo. No le gusta ver como el brillo en sus ojos se marchita y su rostro se vuelve inerte, carente de toda sensación o vislumbro de vida. Dice que sabe que está mal lo que hace, que no se puede permitir jamás ser tan egoísta, pero aún así no lo puede evitar. Elena, aquella mujer maravillosa de ojos miel con tonos verdosos, tan cautivadores; era una especie de súcubo que no acecha, sino que espera que llegue la victima a ella y perdiendo la inocencia que la hace tan cautivadora, se vuelve mártir de sus más oscuros instintos.

No podía dar crédito a lo que escuchaba. Sin darme cuenta mis ojos la habían dejado de mirar para enterrarse en el profundo mar de hojas rojizas y de color ocre que caían lentamente en el césped. No estaba mirando nada pero a la vez lo miraba todo, estaba aterrado y a la vez fascinado; no podía creer que la mujer que me acompañaba fuese capaz de tan espeluznantes actos. No entendía como esto pudiese ocurrir en realidad. Lo peor, es que me había enamorado de Elena y no solo de sus suaves labios que jamás había tocado, ni de su rostro que contagiaba tranquilidad a todo el que la admirase, sino que me había enamorado de lo que era, de que lo ella representaba, perfecta, inteligente, hermosa... y una asesina. Me había enamorado una vez más, muy a mi pesar y pasando por encima de todo lo que había creído y aún sobre el hecho de jurarme a mí mismo no volver a tener nada que no soportara perder. Pero esta vez todo era diferente, Elena no sería mía, pero yo seria de ella. Me conservaría para siempre y me admiraría aunque tuviese que compartirla. Lleve mi mano a mi pecho y me concienticé de lo que esto significaba. Mi pulso se alteraba cada vez más y mi respiración parecía casi inexistente. En este momento, era un muerto en vida, a punto de tomar una decisión que me cambiaría de manera definitiva.

Ella guardaba silencio, mirándome curiosa, con aquellos ojos hipnotizantes que en ese momento perforaban mas allá de mi ser. Observando mi alma esperaba apacible a que yo reaccionara. Mi puño aferraba con fuerza el sweater que se encontraba bajo mi abrigo, por un momento mis pulmones se llenaron de aire y todo quedó en absoluto silencio. Tanto Elena como yo conteníamos la respiración y guardábamos silencio a la expectativa. Un chasquido similar al de las ramas secas que se quiebran, rompió con el silencio, dándole paso a un quejido sordo que trate de tragarme con todas mis fuerzas. Mi mano había entrado en mi pecho y los ojos de Elena se abrieron como platos observando fijamente lo que ocurría. La sangre rojo carmesí salía a borbotones, brillante, espesa y absolutamente sana, se veía llena de vida. Los huesos de mi tórax se encontraban destrozados, pero el dolor era ínfimo para el daño que me había causado. Busqué cuidadosamente mi corazón, el cual pareció colaborar. Deseaba salir, tanto como yo sacarlo de aquel recóndito lugar. No me causo ningún esfuerzo entrar y tomarlo, pero sacarlo fue una historia diferente, sacarlo fue agónico, pues mi cuerpo no estaba de acuerdo con nosotros, necesitaba de él para poder vivir, de su palpitar, del flujo constante que bombea. Mis pulmones comenzaron a inflarse para dificultar su extracción y mis arterias lo contenían como lazos de acero, una a una las venas comenzaron a reventar, mientras las arterias lo abrazaban en su totalidad con el fin de contenerlo. Jamás me sentí desfallecer de tal forma, el dolor era insoportable pero aún quería continuar, mis labios se tornaron de un color rojo violáceo y mi piel se marchito como papel. Al fin logre sacar mi corazón el cual contemple frente a mí. Al final entendí que era lo que sentía Elena. Era absolutamente hermoso, aún con lo acabado y dañado que se encontraba. Era sencillamente magnifico.

Moví lentamente mis manos chorreantes de mi propia sangre hacia ella y deposite en sus manos mi maltrecho corazón, sus ojos no habían brillado jamás en lo que duró nuestra conversación con tanto esplendor como en ese momento, era sencillamente fantástico aquel brillo. Sus manos se amoldaron a su forma, acunándolo como si fuera un bebe recién nacido, sus labios se humedecieron y sus parpados se cerraban y abrían lentamente tratando de aclarar su visión, como si quisieran tratar de negar cualquier tipo de alucinación. Sus labios intentaron moverse para formar alguna frase, pero se detuvieron en el momento que le dije: –Estoy cansado de estar solo y mientras tú lo conserves, no lo estaré jamás... aunque no te tenga para mí–. Ella no comprendía lo que yo estaba diciendo, pero aún así prefirió guardar silencio y esperar a que yo dijera algo mas, lo que obviamente ocurrió –Te amo Elena, es absurdo amar de esa forma sin tan siquiera conocerte, pero ya te he dicho que hay algo mal en mi corazón y es que siente demasiado... no importa lo que intente hacer, jamás podre estar a tu lado, pero hay una parte de mi que tu quieres y esa parte también quiere estar junto a ti. Así que es tuyo, te ha pertenecido desde el momento en que me has dicho “me llamo Elena” y no hay nada de malo en entregártelo–. Los ojos de Elena se entristecieron cundo vieron los míos y fue en el mismo instante en el cual se apagaron, mientras se bañaban en lagrimas, su brillo desapareció y la sonrisa que se había dibujado en la comisura de mis labios también se esfumo de un momento a otro. Me sentí pesado, cansado, pero no podía dormir, el dolor desaparecía lentamente y mis pulmones retomaban un ritmo acompasado.

Elena sacó de su bolso un frasco de cristal y depositó con cuidado mi viejo corazón en él. Lo dejó caer con tal gracia y cuidado, que solo un devoto podría hacer. Cerró el frasco firmemente con una tapa plana de color cobre brillante, asegurándose de que no se fuera a abrir. Lo miró una vez más y lentamente acercó el frasco a su rostro, para que sus labios alcanzaran a besar el frió cristal con el corazón latente dentro, dejando el rastro de sus labios empañados en el cristal. Ella me miró y dijo –No puedo quedarme– a lo que le respondí –Lo sé, no tienes que hacerlo–. Jamás me di cuenta del momento en que mis labios se movieron para pronunciar esas palabras, incluso pienso que sólo las imagine. Elena se acercó a mí y con una de sus manos limpió las lágrimas que recorrían mi inmóvil rostro, se inclinó para besar mi mejilla con tal suavidad que era prácticamente irreal. Se levantó, arregló su sweater y acomodó la correa de su bolso en su hombro izquierdo, mientras perdida en una mirada que no pude seguir me dijo en un tono suave –Gracias–. Se alejó con un paso que parecía casi hacerla levitar, las hojas de los árboles otoñales caían tras ella, creando una cortina de despedida. Jamás nos volveríamos a ver, pero ella se llevaba lo que quería de mí y eso me hacía feliz, al menos una parte de mí la acompañaría.

La amaba y había sido liberado, no paraba de llorar, pero ya no importaba. Era una marioneta sin titiritero, abandonado en la banca de un parque que se convertía en el sueño de cualquier escritor nostálgico, en un cuento de amor surreal. Pero esto era real, al menos para mí. Mis brazos descansaban en la banca y mi cabeza baja, miraba perdida el horizonte tan opaca y vacía, como la de una muñeca antigua con ojos de cristal dañados por el tiempo. Ahora no era más que un cascarón vacío, pero aún estaba vivo y sentía el viento soplar bailando con los hilos de mi pelo que acariciaban mi rostro, pero no me daba gracia alguna. El mundo ya no tenía sabor.

Y estaba ahí, sentado en el parque en esa tarde otoñal, tan típica como se supone que son las tardes otoñales. Con un atardecer naranja despampanante, de esos que parece que el cielo ardiera en llamas, recordando de miles de historias, solo una... mi historia. La historia en la cual jamás volvería a estar solo y que ahora está ligada a la historia de Elena. La coleccionista de corazones.  

(Texto ganador del tercer puesto del "IV Encuentro de Escritores LA TADEO AL PIE DE LA LETRA")