miércoles, 22 de octubre de 2014

La Contemplación

Trataré de ser breve. Acabo de salir de la “muestra de arte” (porque no se puede llamar de otra forma), de los egresados de la universidad en dónde yo… también estudié “arte”, muestra que fue organizada en el marco de los 60 años de dicha institución.

No duré más de treinta minutos, cuando salí entre tumbos y empujones, exhalando fuerte y maldiciendo al viento. No podía soportar ni un minuto, darle una vuelta más a ese rectangular salón lleno de estudiantes, egresados, profesores, altruistas, prepotentes y pseudo-artistas; entre algunos otros alegres amigos y ex compañeros echados a menos. El ambiente que se respiraba tenía unas añejas notas de hipocresía, acompañadas de sonrisas mal sostenidas que poco a poco naturalizaba el vibrante color del Merlot barato, que contrastaba con los juguetones destellos del Chardonnay (para los que quieren presumir de elegantes), que siempre dan en las inauguraciones.

Estaba lleno de sensaciones. Alegre por ver nombres conocidos pegados en la pared, lleno de nostalgia por las épocas en que competíamos y colaborábamos hombro a hombro soñando en algún día, ser un colectivo de artistas transgresores que le devolvería la magia al arte; triste por nunca haber materializado mis ideas de dibujos performáticos y decepcionado, por no decir que ofendido por las atrocidades que colgaban de esas paredes. Pero yo no iba solo, me acompañaba alguien que a pesar de no tener una “formación artística” por decir algo, sí tiene una formación gráfica, estética y sobretodo comunicativa que de antemano sé, también la comparten con los estudiantes de arte. Y a pesar de tener una instrucción semejante a la de los personajes que hoy exponían sus “obras”, en su cara de aburrimiento podía leer claramente, que no entendía ¡NADA!.

Pero cómo culparla, si yo mismo, alguien que fue educado en los mismos salones, con los mismos docentes, con la misma filosofía y las mismas técnicas, NO entendía lo que veía. ¿En qué momento el “arte” dejo de ser de todos, para volverse de unos pocos? O ¿En qué momento el “arte” dejó de tener un valor contemplativo, para esconderse en sustentaciones retoricas y pomposas?.

Aunque sé que ustedes me argumentarán que el arte jamás le ha pertenecido a todos, ya que el disfrute de una obra depende del conocimiento y la maestría que se tenga en el ojo entrenado de la experiencia humana frente al arte, no lo entiendo. No entiendo el “arte” que hoy mi academia mostraba con orgullo, como el futuro del arte en Colombia, con obras re-encauchadas, frívolas y estériles mientras que los “artistas” se pavoneaban de un lado al otro inmersos en sus insulsas conversaciones, al tiempo que falsifican la práctica de la contemplación. No entiendo cómo me convertí de generador de obra, en alguien que adoptaba un posición “esnobista”  cruzado de brazos intentando que el “arte” que frente a mis ojos exponía videos, dibujos, pinturas e instalaciones me comunicara algo.

Para mí las líneas de grafito enmarcadas en la pared, no me insinuaban más que el tedioso ejercicio de las planas de infancia, la esquina incinerada no era más que el vandalismo que por fin pudo llegar a “la galería”,  el muro tapizado de carteles claramente era una miserable e infantil imitación “Warholiana” y para qué hablar de otras muchas cosas, como el video de las burdas nalgas cantadoras o el espejo conectado a un arduino que parecía no hacer nada al acercarse a ver el dichoso “auto retrato”. Me perdí, me perdí en la experiencia que supone haber entendido el “arte” que se me mostraba, de acuerdo al entrenamiento y la capacitación que la academia me habría brindado durante tantos años, y el cual supone me habría preparado, familiarizado y calificado para formar un juicio libre, sólidos y objetivo ante toda obra de arte que se me presentara. Y aunque los principios que nos llevan a generar un gusto ante una obra de arte sean prácticamente los mismos en todas las personas, la preparación y el entrenamiento académico no sirvieron para cualificarme para comprender no solamente este, sino todo tipo de “arte” y me convirtieron en uno más de los muchos sujetos para quienes el arte no tiene bienvenida.

Así que comprendí tristemente, que entre las palabras de una rectora para quien la educación no es más que un negocio, la actitud prepotente de quienes antes eran colegas y quienes ahora me miran por encima del hombro por dedicarme a un trabajo más administrativo, la cantidad de personas que al igual que mi acompañante, no entendieron el “arte” pobre que se nos viene encima y el texto de una curadora que a pesar de su extensa experiencia sensible y su impecable hoja de vida, promete mentirosamente en mi opinión, y cito: “una visión curatorial estructurada en función de asociaciones discursivas con el fin de sugerir una lectura específica en un viaje por una línea de tiempo no cronológica cuyo resultado es un amplio espectro de tendencias estéticas y de prácticas representativas de la escena artística contemporánea”… que yo no soy ningún artista, perdí mi tiempo estudiando “arte”, perdí mi empeño dedicándome a algo que no entiendo, comprendí que jamás voy a hacer “arte” ya que no nací con esa vena “artistoide” que es necesaria hoy en día para generar obra y que colgué los guantes en el mismo momento en el que recibí el cartón que me acreditaba como “Maestro en Bellas Artes”.

Yo quiero un arte que pueda contemplar, que me genere emociones, me sumerja en diálogos propios entre la obra, mi cuerpo y yo, y no sólo me llene la cabeza de dudas, que automáticamente me excluyan de circuito artístico. Me alegra por mis amigos y conocidos que lograron entrar por fin en ese odioso y hermético circuito del arte, me alegra que su obra sea vista por cada vez más ojos y que generen procesos cognitivos cada vez más complejos, independientemente de que sus obras sean de mi gusto o no. Pero lastimosamente si este es el “arte” de hoy… no quiero ser parte de él.