A las cinco de la tarde me senté
en la cuarta mesa de la derecha como siempre, para mí es la mejor mesa, es la
única que se ubica justo en la parte más central del gran ventanal; el lugar
perfecto para poder admirar la salida de la calle Mariastraat. Me senté dándole
la espalda a la vieja entrada del café, porque hoy no tengo intención alguna de
prestarle atención a mi pasado, hoy no, no me voy a dejar seducir de ese inocuo
recuerdo. Hoy es un día en el cual el presente, sólo sirve de instrumento para
el futuro, y este; lo quiere para sí mismo… de eso estoy plenamente seguro.
Saque una pequeña libreta y un
bolígrafo de mi maleta, justo en el momento que la voz de Kam Franklin
colonizaba mis oídos y silenciaba la voz de todos y cada uno de los comensales
del lugar. Pedí un café grande sin azúcar y suspiré; sonreí al darme cuenta de
que lo había hecho, porque también estoy seguro de eso; este no será el último
suspiro de la tarde. Me concentré en la música que salía de mis audífonos y contemplé
el atardecer; una tarde nublada pero cálida, que refleja un dorado algo opaco,
en las paredes de ladrillos claros y oscuros del edificio de enfrente, que
normalmente tiende a vestirse en tonos verdosos, no en ocre.
Ese edificio, es justa la razón
por la cual estoy aquí hoy, con sus grandes ventanas de marcos blancos en
cuatro módulos, treinta y siete ventanas magnificas alineadas una aquí, otra un
poco más allá, y la que le sigue y la que sigue por supuesto después de la
anterior; también hay unas encima de otras y como debería ser lógico, si hay
una encima, hay una debajo. ¡Oh! pero claro, obviamente son treinta y siete ventanas,
sin contar las trece que compone la buhardilla, que desde aquí sólo alcanzo a
ver la mitad y un poco de su línea curva en el arco. Una combinación muy acorde
en su estilo… Bueno, si es que tiene algún estilo arquitectónico, porque en mi
ignorancia no termino de categorizar este edificio como neogótico muy acorde al
resto de arquitectura de la ciudad, o si es Art Nouveau, como el resto del
país… o a lo mejor es una mezcla de los dos, o yo qué sé. Seguramente estoy
embriagado al observar las formas que se aplanaban, por la ausencia de sombra y
aquellas que se pintaban de destellos, en un intento mudo por ser transgresores.
¡Ahhhh! Ahí está mi café. Justo y
como me gusta, extremadamente caliente; y Bianca, la mesera que siempre me
atiende lo sabe bien. Siempre me ha causado gracia como ella ríe sosteniéndose
el estómago, cada vez el barista intenta hacerme entender por todos los medios
habidos y por haber, que la forma en que me tomo el café no es la correcta; siempre
me explica que sobre calentarlo arruina la infusión, lo vuelve amargo, cargado,
y que exagera el sabor a tostado; prácticamente, es la muerte para un amante
del buen café… Nunca he podido responderle otra cosa que no sea el hecho de:
“Sueño mucho Philipe, demasiado como para que lo pueda soportar la temperatura
normal de un buen café, necesito una taza que me queme las manos y la lengua,
una taza que me ponga atento y me recuerde que existe, una taza que logre
mantenerse caliente el tiempo necesario entre sorbo y sorbo; entre sueño y
sueño”.
Prometí que no me vería inmerso
en el recuerdo del pasado y el leve chirrear de una de las treinta y siete
ventanas, me ha devuelto la cordura. Es un sonido callado que sé de antemano,
nadie más escucha; un conjunto de onomatopeyas imaginarias que hacen bailar al
negro marrón con bordes miel que se difuminan en el amarillo de bordes
infinitos de mi café, un baile ondulado que coquetea con brillos blancos de la
luz artificial del recinto. Y por fin ahí está ella, la razón de mi café, la
razón de mi libreta y mi bolígrafo, la razón del temblor de la comisura de los
labios y… ahí está, otro suspiro.
Apago mi reproductor de música y mis
sentidos están alerta, todo mi cuerpo está dispuesto y enfocado en una sola
cosa. En la octava ventana de izquierda a derecha de la segunda hilera; justo
esa ventana, tan pequeña e insignificante entre un conjunto tan grande de
clones, está ella; y por la sola imagen de su cabello oscuro y corto alardeando
en el viento, estoy yo aquí; y por la eléctrica imagen que deja el lento
parpadear de sus pestañas, suspiro; y por la magia que está a punto de crear
sus dedos, me he decidido. No sé ni cuál es su nombre, pero sé que estoy
enamorado de la constelación de pecas que conquistan sus pómulos, de los
hoyuelos que se generan en las líneas de expresión de su sonrisa, de su arte…
Justo el arte que estoy a punto de oír a la distancia tímida, ese arte que
envolverá el ambiente justo cuando suelte su taza de té y se aferre al mástil
de su violoncello.
Con los primeros arpegios vuelvo
a suspirar, y al reconocer los ejercicios de los 113 Estudios de Dotzauer,
comienzo a escribir, cada nota es una letra y cada palabra una armonía. Me dejo
envolver en su melodía mientras pienso en sus dedos acariciando las cuerdas del
instrumento, envidio y celo cada uno de
los milímetros de roce, anhelando que sea mi piel el que los recibe. Pero no
importa, estamos aquí por una razón mucho más importante.
Sigo escribiendo, dibujando con
el trazo de mi bolígrafo como su existencia en este mundo sin mí estaría
incompleta, como soy yo lo que ella necesita para maximizar su música. Porque
nadie la podría mirar como yo, nadie tiene la capacidad de contener tantos
suspiros dentro de sí, ni las arrugas de mis ojos al sonreír cuando la sueño, o
mi manera de sonrojarme, nunca verá ella en cualquier otro la forma en que me
rasco la nariz cuando me avergüenzo, ni como frunzo el ceño cuando me preocupo
por ella… Nadie la va a querer con tanta inocencia, tampoco nadie la va a amar
con tanta pasión, ni la adorarán con tanta devoción…
Yo mi querida señorita, soy lo
que usted necesita para sentirse protegida y cuidada; admirada y honrada; a lo
mejor, algún día con paciencia y cariño puedo inspirarle una obra o tan
siquiera una pieza. Yo puedo darle más amor del que Percy Bysshe Shelley, Dulce
María Loynaz, John Keats, Gustavo Adolfo Bécquer o Vicente Aleixandre
podrían haber imaginado juntos… Sólo debe usted agarrarme de la mano, sonreír a
mi lado y quererme por un breve, brevísimo periodo de tiempo… para siempre,
para comenzar.
De esta forma me levanté de mi
silla y abandoné la cuarta mesa de la derecha del café, esa mesa que para mí es
la mejor mesa, la única que se ubica justo en la parte más central del gran
ventanal; un lugar perfecto para poder admirar la salida de la calle
Mariastraat, y antes de irme le agradecí a Bianca por ser mi celestina, y
asegurarse de entregar discretamente mi epístola; acompañando el café y las
galletas de avena de las seis, después de su clase de violoncello.