Recuerdo bien aquella tarde en la que el anciano me contó la historia
de la magia. Sigue en mi memoria el interés que tenía a mi corta edad y esa extraña necesidad de
aprenderlo todo sobre la magia. Recuerdo muy bien todo acerca de
ese día: desde el
color verde grisáceo
de bordes marchitos, hasta las formas rígidamente curvas
que tenían las
hojas de los árboles,
aferrándose
desesperadas por no ser las primeras del parque en caer en ese inicio de otoño.
Recuerdo el sonido que ese viejo balón a medio inflar producía en medio del grupo de chicos,
que jugaban y reían
despreocupados en medio de cada patada, en cada rebote; por supuesto, recuerdo
el sordo silbar del viento entre las ramas, el ácido chirriar de las cadenas tensas en los
columpios, el crujir de los travesaños que conformaban las bancas de madera mal
pintadas del parque y también recuerdo el borbotón sonido de
la lana de mi gorro contra mi piel. ¡Y claro, cómo olvidarlo! Obviamente
recuerdo la algarabía
de la bandada de charlatanes retrasados, que colonizaron el viejo abedul
amarillo que hasta ahora estaba dando honor a su nombre en el costado
occidental del parque, con el fin de tomar un pequeño descanso a su travesía hacia el sur... recuerdo eso y
la chispeante sensación a magia que habitaba en la atmósfera.
Tan sólo tenía 12 años y ya me encontraba sumergido en lecturas
como las que me proporcionaba el “Galdrabók”,
“El Libro de Picatrix”, “La poule noire”, el “Arbatel de magia veterum”, “El Libro
de Dzya” o “La Clavicule ou La Clef de Salomon”. Siempre me encontraba absorto
en mi investigación de la magia, o memorizando cada uno de los pentagramas,
trapezoedros, círculos
y sellos mágicos
que encontraba en las páginas de tantos libros, que devoraba en mi desaforada curiosidad. Me
dejé seducir de los ingredientes para
pócimas y con cautivador romanticismo, encontraba sabias las palabras de Kahlil
Gibran, cuando decía
que debe haber algo extrañamente sagrado en la sal, pues estaba en nuestras lágrimas y en el mar. Y es que la
magia era así de
fascinante, tan hipnotizante, tan increíble, tan llena de misterios e incertidumbres;
cautivadora hasta el punto de tensar mi garganta, apretar mis pulmones,
deshidratar mis labios y dilatar mis pupilas con tan sólo escuchar pronunciar
discretamente su nombre. Y menos mal mis padres jamás sospecharon nada, nunca, ni el menor rastro
de mi fascinación por ella. Mamá se habría vuelto loca y conociéndola me habría
internado en algún
sanatorio mental, juzgándome de blasfemo y exigiendo a los doctores que curaran
mi paganismo con electroshocks. Igualmente y por fortuna para mí, mi aspecto se parecía mucho a la de un niño ñoño cualquiera, uno que salía al parque a leer y respirar, pero muy rara vez a jugar. En el
colegio, a pesar de no ser muy buen estudiante, jamás reprobé ninguna
materia y muchísimo
menos un año y el tener la imagen de niño come libros ayudaba a que nadie se
preocupara demasiados por mis comportamientos retraídos… o lúdicos.
Así, mientras permanecía sumergido en mis arcanos fue que conocí al anciano. Jamás vi o sentí cuando llegó y se sentó en el otro extremo de
la banca donde yo me encontraba. Nunca sentí miedo por su apariencia, a pesar
de que todos y cada uno de los vellos de mi cuerpo se erizaron apenas advertí
su presencia; tampoco volví
a sentir mayor respeto ni
antes o después, por algún otro ser que hubiese llegado a
frecuentar en esa época. Pero lo que sí es claro y de lo que estoy
absolutamente seguro a pesar de mi corta vida, es que ni en mis más abstractos y excitantes sueños
había sentido mayor
curiosidad, que al verle sus ojos color esmeralda… o turquesa… o viridian… o bueno, el color que fueran, ya que todo
dependía de la
dirección por dónde lo tocara el horizonte. Sus ojos protegían todo el misticismo de la magia,
su iris parecía
moverse, estoy seguro que tenía vida propia alrededor de esa profunda pupila interdimensional, cada
uno de los melanocitos de su iris no tenían melanina, contenían
lava… o eso al
menos fue lo que me pareció a mí.
Érfurt (como se presentó el anciano), no era un hombre
muy grande, poco más
alto que papá y
aunque no sé muy bien la estatura de mi
padre, sí recuerdo
alguna vez escuchar a mi tía
Clémence burlarse de él al decir, que con su metro setenta y uno no
alcanzaría jamás la
estantería de sus
galletas. De igual forma y por si fuese tan sólo una simple broma y mi cálculo estuviera errado - qué más da - el anciano Érfurt podría no ser un hombre muy alto, pero sí se veía acuerpado, grande, gigantesco ante mis
ojos. Lucía una
larga barba tupida rojizo cenizo con visos platinados, gracias a las canas del
color de la luna, las mismas que decoraban sus cejas pobladas que llenaban de
sombra sus ojos centelleantes, ubicados en lo que me pareció la mitad de su
nariz, la cual era ancha tanto en la base como en la punta. En
las mejillas, se podían ver los poros abiertos y la piel maltratada por el paso
del tiempo; un delgado labio inferior quebrado que a duras penas se asomaba
entre todo el pelo de su mostacho, pero que mostraba lo suficiente para dar
evidencia de las miles de líneas producidas por una infinidad de cicatrices que parecían sanar unas sobre la otra. Y
su cabeza de coronilla despejada no parecía preocuparse mucho de los rayos del sol:
tanta sabiduría
atrapada en ella seguramente le servía de barrera para proteger su rancia piel
calva, de cualquier factor dañino.
El anciano Érfurt pocas veces sacó sus manos
de los bolsillos del gabán, y recuerdo que para lo único relevante que lo hizo, fue para señalar con su gran mano derecha
uno de mis libros, “La
Clavicule ou La Clef de Salomon”, ese viejo libro grueso de pasta dura y roída, lomo desgastado, colores opacos y hojas
amarillentas, ese que estaba oculto en la cuarta posición dentro de mi pila de
libros, dispuestos a mi lado en la banca del parque. Y tras la estela de eléctrica magia que dejó al retirar su mano
pesada y arrugada, esa mano de venas brotadas, dedos artríticos pero firmes decorados con
anillos místicos
y antiguos, uñas gruesas y relativamente largas, que
devolvió al bolsillo del que provenía. Dejó escapar con su voz ronca y profunda un
claro murmullo: ̶ Hmmmmm… así que ahí tampoco hablan de Nähg-Zum, ¿Verdad? ̶ . El escuchar la voz del anciano Érfurt era algo indescriptible, pero el
resonar del vocablo Nähg-Zum
por el pabellón auricular de mi oído me dejó perplejo, su recorrido por mi conducto auditivo me dejó
totalmente desubicado, y las vibraciones que produjeron el “Zum” en mi tímpano me dejó atónito, indefenso. ¿Quién o qué era Nähg-Zum?, ¿Por
qué ese nombre me afectaba tanto?
Sólo después de un par de minutos y de tragar muchísima saliva pude incorporarme lentamente, coordiné mis pensamientos y atiné meter una bocanada gigante de aire fresco en mis pulmones, el cual
sostuve el tiempo suficiente, para voltear a mirar al anciano Érfurt con descarada curiosidad y no temblar
al hacerlo. Él advirtió mi intriga por
supuesto y mojándose
los labios con la punta de su lengua, despejando su boca del mostacho incómodo
que caía
desordenado con los dedos, se dispuso a narrar una historia de la que me vería envuelto por mucho tiempo…
más de una eternidad para
ser precisos. Érfurt me narró con voz nostálgica, como en el inicio de todo, antes de
que el tiempo fuera tiempo, antes de que el espacio pudiera contener algo,
antes de que la materia y la antimateria existiera; en el eterno abismo que
representaba el cosmos, habitaban tres criaturas inconmensurables. No se sabe
de dónde vienen o cuál
es su forma, no se sabe sus intenciones o cuántas de ellas siguen habitando el universo, no
se sabe si en sus mentes (si es que se puede considerar que tuvieran algo
parecido a ella), estaba la esencia misma de la vida, la bondad, el odio, la
sabiduría, la
maldad, el bien o cualquier otra sensación o cualidad humana. Todo lo que tiene
que ver con estas entidades místicas, sobrenaturales, multidimensionales, divinas es absoluta y
devastadoramente incomprensible para el primitivo entender humano.
Nähg-Zum, el nombre que tanto me afectaba,
pertenecía a la más grande de las criaturas
iniciales, probablemente la más antigua o la más fuerte, no se sabe. Levitaba constante en la
implacable eternidad del negro abismo, vibrando y curvándose en diferentes frecuencias
por los eones y supereones de lo que aún no era cuantificable. Él, una entidad cósmica y eterna, permanecía sumergido en los pensamientos o en los
complejos procesos cognitivos y cognoscitivos de los que sólo una criatura
primigenia, ajena a cualquier explicación racional, incompresible por cualquier
fórmula matemática y lejos de cualquier imaginación
mortal, pudiera tener. Sus pensamientos se acrecientan e impacientan mientras
observa a sus hermanos, a sus iguales, a sus contrarios o cualquier otra cosa,
adjetivo o relación que pudiera identificar a esas dos criaturas con él, tratar en una muestra de lo que entenderíamos nosotros como aburrimiento,
el más puro y
trastornado aburrimiento, de desmembrarse y devorarse mutuamente.
Y es que la humanidad cree que el universo se creó hace trece mil
setecientos millones de años, que todo fue generado desde un único y solitario punto en medio
de la nada, y desde ahí,
desde ese lugar inicial ¡BOOM!; todo se convirtió en energía, luz y materia por obra y gracia, para que
así el cosmos
siguiera en expansión de forma constante. Pero la realidad es otra, nadie lo
sabe y la ciencia no lo podrá comprobar jamás.
Pero el hecho es, que no hay un sólo punto, que el universo se creó por estas
dos entidades monstruosas y aburridas de su eterno peregrinar; se creó gracias
a que en algún
momento de la cronología cósmica, antes de que yo naciera,
antes incluso de que el anciano Érfurt
estuviera tan siquiera en la imaginación de alguien; estos dos titanes
decidieron dejar de vagar eternamente en un sinsentido espacial, e iniciar una
campaña más
entretenida, intentar matarse el uno al otro. Así es como golpeando sus cuerpos una y otra vez,
estos masivos colosos siniestros generan remolinos de plasma súper caliente que terminaban
explotando en energía
repleta de partículas
que se extendían y
revoloteaban por todo el plano espacial. Pero el choque de sus verrugosos,
cósmicos, omnipresente y omnipotente cuerpos no eran suficiente: es su sed por
generarle a su adversario aún más daño, crearon
cientos, no, miles… millones
de apéndices tentaculares que
intentaban desmembrar a los de su enemigo, en una absurda carnicería por cada rincón del universo.
No tardaba más que una centésima de segundo que la materia desprendida
por cada mutilación de alguno de esos repugnantes tentáculos espaciales, fuera lanzada
en todas las direcciones del espacio. La temperatura extremadamente alta, que
producía la fricción en el desgarramiento de la
dura piel y la densidad del universo, hicieron que las partículas subatómicas en la sangre de las criaturas
primigenias se fusionaran en los elementos químicos. Su colosal tamaño, hacía que la ambivalente masa de cuerpos
excitados y sedientos de caos, ocupará hasta los lugares más lejanos del abismo especial y
cada vez que se desmembraba un apéndice, la
violenta reacción se presentaba desde algún recóndito rincón
del espacio, siempre diferente, cada vez más alejado. Más de novecientas mil millones de explosiones
primordiales constituyeron la creación del universo, cada uno de los golpes o
mordiscos representaba una explosión y con cada explosión se expulsaba por todo
el tejido espacio-temporal partículas elementales, lo que conocemos como electrones, positrones,
mesones, bariones, neutrinos, fotones y un sin número partículas que desconocemos hoy en día.
Mientras el vacío era destruido y el universo construido, Nähg-Zum observaba estoico como todo cambiaba a
su alrededor. Cómo ahora sí existía el tiempo y la percepción de
la eternidad era fastidiosa y despreciable, como el espacio ahora era algo que
debía ser llenado y
de su orden natural se ocuparía la masa de todas las galaxias y cada una de las dimensiones
iniciales preparadas para agrietarse, mezclarse y fragmentarse en cientos de
miles de millones de dimensiones más, y de las galaxias que habitarán dentro ellas. Más de seis mil siglos duró la aturdidora y
desgarradora lucha entre estas dos terroríficas criaturas primigenias, una batalla
desgraciada y aburrida ante los ojos de Nähg-Zum, una batalla que lo único que ha logrado hacer en
tanto tiempo es poner reglas, paradojas y leyes a lo que antes no tenía nada. Sólo
hasta después, después de que finalmente el espacio que aún no había sido llenado, fue saturado por la presencia
de materia invisible, esa materia que nosotros conocemos como materia oscura,
la gran entidad interdimensional, poderosa, omnipresente, omnipotente, no
soportó más y sus
entrañas comenzaron a desgarrarse, abrirse desde el interior, atravesando y
separando capa por capa de gelatinosa pestilencia espacial, hasta llegar
finalmente a esa verrugosa y petra piel, la cual se inflamó, dejando entrever
un tono violeta muy brillante, que comenzó a perforar cientos de agujeros en
todo el cuerpo del coloso estelar.
Los rayos de plasma disparados en todas direcciones por entre los
cientos de miles de agujeros burbujeantes en la piel del titán quemaron, amputaron,
destriparón de forma atroz y dolorosa a las dos criaturas iguales y contrarias
a Nähg-Zum. Con
esta nueva sensación, una sensación visceral y aterradora jamás experimentada por ninguna de
las entidades. Huyeron despavoridas a lo más recóndito del cosmos, dejando
atrás el agonizante
grito de baja frecuencia que perpetuaba y acompañaba como una luz misteriosa
salpicaba todo el cosmos, a su vez que sentían las molestias del terror es sus
putrefactas y laceradas pieles. Ahora Nähg-Zum, el gran coloso primigenio sufre,
sufre por el orden y las leyes, sufre por la saturación del espacio en el cual él vivía, y
sufre por las nuevas formas de vida que se están iniciando en millones de lugares, todo es
tan organizado y falto de celeridad e improvisación
en este momento. Nähg-Zum
abrumado por todo ello, permitió que sus sensaciones momentáneas dominaran todo su cavernoso
cuerpo, su psiquis, su alma o lo que fuera que motivara sus pulsiones más
básicas. Dio acceso a que la desolación,
el caos y el aburrimiento del nuevo cotidiano, crecieran dentro de si y así
comenzará a cocinarse algo especial, algo
que jamás se había visto o se había sentido antes, algo que
reconfortó al monstruo
interdimensional a pesar de que sabía cómo terminaría todo para él… y así fue,
finalmente toda esa masa de sensaciones, sentimientos y algo más hizo que la criatura,
explotara en cientos de miles de millones de pequeñas partículas de energía y de luz, que quedaron
flotando en su lugar al mismo tiempo que la onda expansiva de la explosión, instauró la expansión organizada del universo que
ahora conocemos.
Pero mientras todo se movía a una velocidad de setenta y cuatro punto tres kilómetros por
segundos; a las partículas
parecía eso no
afectarles, lentamente comenzaron a unirse las unas a las otras hasta que por
fin quedaron sólo dos masas luminiscentes de un plasma raro, violeta
blanquecino, cálido
y casi impalpable, pero en extremo percibible. Las dos masas pulsantes y
vibrantes se quedaron una junto a la otra como si se reconocieran, como si
supieran que vienen de un mismo ser, como si entendieran que el gran Nähg-Zum les dio “vida”, como si supieran que pertenecían la una a la otra y así mismo jugueteaban con toda armonía, cambiando de color
alegremente, con movimientos gráciles, reconociéndose, sonriéndose y totalmente
entregadas a la otra. Hasta que derepente sin tocarse, las dos masas de energía
salieron disparadas en un movimiento sincronizado a recorrer todos los
universos y cada una de las dimensiones creadas y por ser creadas, años y eones
viendo cómo se formaban y se destruían nuevos mundos, conocieron formas de vida primitivas y otras en el
transcurso del tiempo más avanzadas; y comprendieron que todas las entidades vivas se
diferenciaban así fuera
en lo más mínimo, así que decidieron ir desarrollando
sus propias personalidades, su propias formas. Al llegar a nuestro plano,
quedaron maravillados por la inocencia y fragilidad de nuestra especie. Pronto
quisieron adoptar el género de las formas de vida más compleja así que “Xih” (como el anciano los a bautizó), optó por la masculinidad y “Dayh” adoptó la femineidad. Ambos eran inseparables como lo sería cualquier amante, a veces poseían a los recipientes juntos y a
veces por separados, siempre con una complicidad que sólo la sabiduría
podría brindarles.
Xih, representaba la magia consciente, todo aquello que se puede
percibir pero no explicar; todo lo sobrenatural que ha existido en la humanidad
es gracias a él y por él es que nos hemos visto involucrados en la brujería, la hechicería, el ilusionismo, la
adivinación, las pócimas, en las cabalísticas, con oráculos, los sortilegios, los encantamientos,
los maleficios, las goecias, las conjuraciones y las invocaciones: todo lo que
le ha dado un poder inimaginable a los seres humanos, es gracias a esta parte
de Nähg-Zum y por esta razón, Xih se estaba volviendo
codicioso y prepotente. Dayh, por otro lado, representaba la magia
subconsciente; toda esa magia que eres capaz de generar al suspirar por caminar
en un paraje de hierba suave y florecida, al sonreír con el ronroneo de un gato, por erizarte al
escuchar una canción que se aferra celosa a la médula de tus huesos, inhalar el aroma del café en una tarde nostálgica y al quedarte perplejo al dar ese beso lento en la mitad del
parque, que termina con un lento abanicar en la mirada del otro y una sonrisa
que fácilmente
ruboriza cualquier rostro, pero la atención humana por su compañero y
complemento Xih, hicieron que Dayh se volviera amargada y depresiva, se sentía sola e ignorada y comprendió
que la humanidad quería
poder, fama y éxito; buscaban ser poderosos e
inalcanzables y dejaron de verla a ella como magia, lo que generó que su
temperamento variable y voluble.
El anciano Érfurt, me contó que los conoció
en el año 609 a.c. en el asedio egipcio a la ciudad de Medigo, él era unos quince o tal vez veinte años más joven que su apariencia actual
y era el asistente del escriba militar Tjaneni. Xih y Dayh habían quedado “atrapados” en el enfrentamiento cruzado entre los
rebeldes cananeos y el ejército del faraón Tutmosis III. Érfurt no sabía quiénes eran y
tampoco tuvo tiempo de preguntarse qué hacían allí, tantos años alrededor del mundo les había dado un aspecto mestizo de lo
más extraño y hermoso. El anciano recorría las calles documentando para
Tjaneni, cuando los encontró cerca a un callejón y evitó que fueran
acuchillados por soldados egipcios; esta acción conmovió a Dayh, por lo que lo
poseyó, otorgándole
la magia que nacía
de ella, y como en esa época Xih amaba perdida y fervientemente
a Dayh, entró en el frágil
cuerpo humano, brindando los más increíbles
secretos arcanos, deseados por todos, pero merecido por ninguno. Estas dos
entidades vivieron dentro de Érfurt un par
de decenas de años, y en el tiempo que compartieron juntos le enseñaron las
verdades del universo, los secretos de la magia, los progresos de la humanidad
que fueron gracias a ellos y todas las aventuras que vivieron en los mundos que
visitaron y los universos que recorrieron.
Nähg-Zum no tuvo ninguna intención humana al crear la magia, simplemente
quería eso, darle
ese toque especial al cosmos, eso que no se puede controlar, eso que no se
puede cuantificar, ni vigilar, eso que todos quieren dominar sin lograrlo, pero
que gracias a ello la vida es excitante y magnífica, llena de variables que ni las
ecuaciones pueden predecir; algún día Xih y
Dayh terminarán de
recorrer todos los mundos y universos en cuántas dimensiones existen y se crean, algún día completarán
su misión auto impuesta de empapar todo lo que existe de magia, algún día ellos sentirán la necesidad a raíz del amor que se profesan de
unirse en un sólo beso eterno, dejar de ser dos entidades mágicas, para convertirse en una
sola y así darle forma nuevamente al increíble y aterrador al mismo tiempo
Nähg-Zum, y cuando
eso pase, la historia volverá a ser inverosímil.
Pero no todo es bueno, en el tiempo que Érfurt convivió
con la magia dentro de si, percibió que Xih y Dayh llevan mucho, muchísimo tiempo en este planeta y
han sido infectados. Al salir de su cuerpo el anciano quedó para siempre con el
toque de la magia, no puede contenerla pero la puede ver, oler y saborear. La
admira, anhela y sueña con ella, comprende las bondades y los estragos que la
magia puede generar, sabe que vive en un mundo mágico, pero que sus iguales, sus compañeros,
sus copartidarios, vecinos y amigos desperdician su tiempo en ambigüedades y banalidades; todos
quieren dejar huella, todos quieren ser recordados como individuos a través de la historia, pero jamás como colectivo; a la raza
humana le falta nobleza y hermandad; le hace falta sabiduría y belleza. Gracias a eso que
el anciano Érfurt ahora conoce, se asquea y
retuerce de físico
dolor. El amor sin magia no es nada más que una amalgama de besos, carne y sudor
sin sentido o gracias; carente de idea y clímax; carente de emoción y sentimientos, la música sin magia no es más que la representación de
sonidos, ondas y vibraciones que de manera ordenada genera un mensaje informativo y armonioso que se
propaga por el aire, pero un mensaje carente de emoción y significación, un
mensaje vacío y
hueco, agónico y lo mismo pasa con el arte, la literatura y la amistad, la
contemplación no vale de nada si no percibes la magia del objeto a contemplar,
no puedes abrazar si no sientes como nace la magia desde el estómago.
El problema es que el anciano Érfurt sentía que se acaba su tiempo, la
magia lo mantuvo vivo por mucho tiempo, pero sin verlos, sin tener contacto con
ellos, con los portadores de tan magnífico tesoro, puede sentir como poco a poco la
magia se va de su lado y finalmente morirá, como lo ha debido haber hecho hace mucho
tiempo y cómo será tal vez en unos cientos de años.
Por eso estuvo allí ese día, en aquella tarde en la que el
color verde grisáceo
de bordes marchitos con formas rígidamente curva de las hojas de los árboles decoraban el parque en ese inicio de
otoño, por eso estuvo allí mientras viejo balón a medio inflar producía sonidos curiosos entre la muchedumbre de
niños que jugaban y reían despreocupados, estuvo a mi
lado al mismo tiempo que el sordo silbar del viento entre las ramas, o el ácido chirriar de las cadenas
tensas en los columpios, estuvo a mi lado, mientras su peso hacía crujir los travesaños de la
banca de madera mal pintada en la que estábamos sentados y también mientras la algarabía de la bandada de charlatanes retrasados, que colonizaron el viejo
abedul amarillo que hasta ahora estaba dando honor a su nombre en el costado
occidental del parque, tomaban un pequeño descanso a su travesía hacia el sur. Por eso estaba
allí, porque me
necesitaba, porque mi interminable curiosidad y pasión por la magia lo atrajo
hacia mí, porque
ahora yo debo ser el protector de Xih y
Dayh, que lamentablemente llevan más de 238 años sin re encontrarse y debo hallar el modo
de protegerlos, de desinfectarlos de humanidad y convencerlos que sin ellos,
todos los universos serían una miseria y sin ellos el gran Nähg-Zum jamás volverá a materializarse en el cosmos y sin el todo
es orden, leyes y paradojas.
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