martes, 6 de junio de 2017

Nähg-Zum “La historia de la magia”

Recuerdo bien aquella tarde en la que el anciano me contó la historia de la magia. Sigue en mi memoria el interés que tenía a mi corta edad y esa extraña necesidad de aprenderlo todo sobre la magia. Recuerdo muy bien todo acerca de ese día: desde el color verde grisáceo de bordes marchitos, hasta las formas rígidamente curvas que tenían las hojas de los árboles, aferrándose desesperadas por no ser las primeras del parque en caer en ese inicio de otoño. Recuerdo el sonido que ese viejo balón a medio inflar producía en medio del grupo de chicos, que jugaban y reían despreocupados en medio de cada patada, en cada rebote; por supuesto, recuerdo el sordo silbar del viento entre las ramas, el ácido chirriar de las cadenas tensas en los columpios, el crujir de los travesaños que conformaban las bancas de madera mal pintadas del parque y también recuerdo el borbotón sonido de la lana de mi gorro contra mi piel. ¡Y claro, cómo olvidarlo! Obviamente recuerdo la algarabía de la bandada de charlatanes retrasados, que colonizaron el viejo abedul amarillo que hasta ahora estaba dando honor a su nombre en el costado occidental del parque, con el fin de tomar un pequeño descanso a su travesía hacia el sur... recuerdo eso y la chispeante sensación a magia que habitaba en la atmósfera.

Tan sólo tenía 12 años y ya me encontraba sumergido en lecturas como las que me proporcionaba el Galdrabók”, “El Libro de Picatrix”, “La poule noire, el Arbatel de magia veterum”, “El Libro de Dzyao La Clavicule ou La Clef de Salomon. Siempre me encontraba absorto en mi investigación de la magia, o memorizando cada uno de los pentagramas, trapezoedros, círculos y sellos mágicos que encontraba en las páginas de tantos libros, que devoraba en mi desaforada curiosidad. Me dejé seducir de los ingredientes para pócimas y con cautivador romanticismo, encontraba sabias las palabras de Kahlil Gibran, cuando decía que debe haber algo extrañamente sagrado en la sal, pues estaba en nuestras lágrimas y en el mar. Y es que la magia era así de fascinante, tan hipnotizante, tan increíble, tan llena de misterios e incertidumbres; cautivadora hasta el punto de tensar mi garganta, apretar mis pulmones, deshidratar mis labios y dilatar mis pupilas con tan sólo escuchar pronunciar discretamente su nombre. Y menos mal mis padres jamás sospecharon nada, nunca, ni el menor rastro de mi fascinación por ella. Mamá se habría vuelto loca y conociéndola me habría internado en algún sanatorio mental, juzgándome de blasfemo y exigiendo a los doctores que curaran mi paganismo con electroshocks. Igualmente y por fortuna para mí, mi aspecto se parecía mucho a la de un niño ñoño cualquiera, uno que salía al parque a leer y respirar, pero muy rara vez a jugar. En el colegio, a pesar de no ser muy buen estudiante, jamás reprobé ninguna materia y muchísimo menos un año y el tener la imagen de niño come libros ayudaba a que nadie se preocupara demasiados por mis comportamientos retraídoso lúdicos.

Así, mientras permanecía sumergido en mis arcanos fue que conocí al anciano. Jamás vi o sentí cuando llegó y se sentó en el otro extremo de la banca donde yo me encontraba. Nunca sentí miedo por su apariencia, a pesar de que todos y cada uno de los vellos de mi cuerpo se erizaron apenas advertí su presencia; tampoco volví a sentir mayor respeto ni antes o después, por algún otro ser que hubiese llegado a frecuentar en esa época. Pero lo que sí es claro y de lo que estoy absolutamente seguro a pesar de mi corta vida, es que ni en mis más abstractos y excitantes sueños había sentido mayor curiosidad, que al verle sus ojos color esmeraldao turquesa… o viridian… o bueno, el color que fueran, ya que todo dependía de la dirección por dónde lo tocara el horizonte. Sus ojos protegían todo el misticismo de la magia, su iris parecía moverse, estoy seguro que tenía vida propia alrededor de esa profunda pupila interdimensional, cada uno de los melanocitos de su iris no tenían melanina, contenían lavao eso al menos fue lo que me pareció a mí.  

Érfurt (como se presentó el anciano), no era un hombre muy grande, poco más alto que papá y aunque no sé muy bien la estatura de mi padre, sí recuerdo alguna vez escuchar a mi tía Clémence burlarse de él al decir, que con su metro setenta y uno no alcanzaría jamás la estantería de sus galletas. De igual forma y por si fuese tan sólo una simple broma y mi cálculo estuviera errado - qué s da - el anciano Érfurt podría no ser un hombre muy alto, pero sí se veía acuerpado, grande, gigantesco ante mis ojos. Lucía una larga barba tupida rojizo cenizo con visos platinados, gracias a las canas del color de la luna, las mismas que decoraban sus cejas pobladas que llenaban de sombra sus ojos centelleantes, ubicados en lo que me pareció la mitad de su nariz, la cual era ancha tanto en la base como en la punta. En las mejillas, se podían ver los poros abiertos y la piel maltratada por el paso del tiempo; un delgado labio inferior quebrado que a duras penas se asomaba entre todo el pelo de su mostacho, pero que mostraba lo suficiente para dar evidencia de las miles de líneas producidas por una infinidad de cicatrices que parecían sanar unas sobre la otra. Y su cabeza de coronilla despejada no parecía preocuparse mucho de los rayos del sol: tanta sabiduría atrapada en ella seguramente le servía de barrera para proteger su rancia piel calva, de cualquier factor dañino. 

El anciano Érfurt pocas veces sacó sus manos de los bolsillos del gabán, y recuerdo que para lo único relevante que lo hizo, fue para señalar con su gran mano derecha uno de mis libros, La Clavicule ou La Clef de Salomon, ese viejo libro grueso de pasta dura y roída, lomo desgastado, colores opacos y hojas amarillentas, ese que estaba oculto en la cuarta posición dentro de mi pila de libros, dispuestos a mi lado en la banca del parque. Y tras la estela de eléctrica magia que dejó al retirar su mano pesada y arrugada, esa mano de venas brotadas, dedos artríticos pero firmes decorados con anillos místicos y  antiguos, uñas gruesas y relativamente largas, que devolvió al bolsillo del que provenía. Dejó escapar con su voz ronca y profunda un claro murmullo:  ̶ Hmmmmm… así que ahí tampoco hablan de Nähg-Zum, ¿Verdad? ̶ . El escuchar la voz del anciano Érfurt era algo indescriptible, pero el resonar del vocablo Nähg-Zum por el pabellón auricular de mi oído me dejó perplejo, su recorrido por mi conducto auditivo me dejó totalmente desubicado, y las vibraciones que produjeron el Zumen mi tímpano me dejó atónito, indefenso. ¿Quién o qué era Nähg-Zum?, ¿Por qué ese nombre me afectaba tanto?

Sólo después de un par de minutos y de tragar muchísima saliva pude incorporarme lentamente, coordiné mis pensamientos y atiné meter una bocanada gigante de aire fresco en mis pulmones, el cual sostuve el tiempo suficiente, para voltear a mirar al anciano Érfurt con descarada curiosidad y no temblar al hacerlo. Él advirtió mi intriga por supuesto y mojándose los labios con la punta de su lengua, despejando su boca del mostacho incómodo que caía desordenado con los dedos, se dispuso a narrar una historia de la que me vería envuelto por mucho tiempo… más de una eternidad para ser precisos. Érfurt me narró con voz nostálgica, como en el inicio de todo, antes de que el tiempo fuera tiempo, antes de que el espacio pudiera contener algo, antes de que la materia y la antimateria existiera; en el eterno abismo que representaba el cosmos, habitaban tres criaturas inconmensurables. No se sabe de dónde vienen o cuál es su forma, no se sabe sus intenciones o cuántas de ellas siguen habitando el universo, no se sabe si en sus mentes (si es que se puede considerar que tuvieran algo parecido a ella), estaba la esencia misma de la vida, la bondad, el odio, la sabiduría, la maldad, el bien o cualquier otra sensación o cualidad humana. Todo lo que tiene que ver con estas entidades místicas, sobrenaturales, multidimensionales, divinas es absoluta y devastadoramente incomprensible para el primitivo entender humano.

hg-Zum, el nombre que tanto me afectaba, pertenecía a la más grande de las criaturas iniciales, probablemente la más antigua o la más fuerte, no se sabe. Levitaba constante en la implacable eternidad del negro abismo, vibrando y curvándose en diferentes frecuencias por los eones y supereones de lo que aún no era cuantificable. Él, una entidad cósmica y eterna, permanecía sumergido en los pensamientos o en los complejos procesos cognitivos y cognoscitivos de los que sólo una criatura primigenia, ajena a cualquier explicación racional, incompresible por cualquier fórmula matemática y lejos de cualquier imaginación mortal, pudiera tener. Sus pensamientos se acrecientan e impacientan mientras observa a sus hermanos, a sus iguales, a sus contrarios o cualquier otra cosa, adjetivo o relación que pudiera identificar a esas dos criaturas con él, tratar en una muestra de lo que entenderíamos nosotros como aburrimiento, el más puro y trastornado aburrimiento, de desmembrarse y devorarse mutuamente.

Y es que la humanidad cree que el universo se creó hace trece mil setecientos millones de años, que todo fue generado desde un único y solitario punto en medio de la nada, y desde ahí, desde ese lugar inicial ¡BOOM!; todo se convirtió en energía, luz y materia por obra y gracia, para que así el cosmos siguiera en expansión de forma constante. Pero la realidad es otra, nadie lo sabe y la ciencia no lo podrá comprobar jamás. Pero el hecho es, que no hay un sólo punto, que el universo se creó por estas dos entidades monstruosas y aburridas de su eterno peregrinar; se creó gracias a que en algún momento de la cronología cósmica, antes de que yo naciera, antes incluso de que el anciano Érfurt estuviera tan siquiera en la imaginación de alguien; estos dos titanes decidieron dejar de vagar eternamente en un sinsentido espacial, e iniciar una campaña más entretenida, intentar matarse el uno al otro. Así es como golpeando sus cuerpos una y otra vez, estos masivos colosos siniestros generan remolinos de plasma súper caliente que terminaban explotando en energía repleta de partículas que se extendían y revoloteaban por todo el plano espacial. Pero el choque de sus verrugosos, cósmicos, omnipresente y omnipotente cuerpos no eran suficiente: es su sed por generarle a su adversario aún más daño, crearon cientos, no, milesmillones de apéndices tentaculares que intentaban desmembrar a los de su enemigo, en una absurda carnicería por cada rincón del universo.

No tardaba más que una centésima de segundo que la materia desprendida por cada mutilación de alguno de esos repugnantes tentáculos espaciales, fuera lanzada en todas las direcciones del espacio. La temperatura extremadamente alta, que producía la fricción en el desgarramiento de la dura piel y la densidad del universo, hicieron que las partículas subatómicas en la sangre de las criaturas primigenias se fusionaran en los elementos químicos. Su colosal tamaño, hacía que la ambivalente masa de cuerpos excitados y sedientos de caos, ocupará hasta los lugares más lejanos del abismo especial y cada vez que se desmembraba un apéndice, la violenta reacción se presentaba desde algún recóndito rincón del espacio, siempre diferente, cada vez más alejado. Más de novecientas mil millones de explosiones primordiales constituyeron la creación del universo, cada uno de los golpes o mordiscos representaba una explosión y con cada explosión se expulsaba por todo el tejido espacio-temporal partículas elementales, lo que conocemos como electrones, positrones, mesones, bariones, neutrinos, fotones y un sin número partículas que desconocemos hoy en día.

Mientras el vacío era destruido y el universo construido, Nähg-Zum observaba estoico como todo cambiaba a su alrededor. Cómo ahora sí existía el tiempo y la percepción de la eternidad era fastidiosa y despreciable, como el espacio ahora era algo que debía ser llenado y de su orden natural se ocuparía la masa de todas las galaxias y cada una de las dimensiones iniciales preparadas para agrietarse, mezclarse y fragmentarse en cientos de miles de millones de dimensiones más, y de las galaxias que habitarán dentro ellas. Más de seis mil siglos duró la aturdidora y desgarradora lucha entre estas dos terroríficas criaturas primigenias, una batalla desgraciada y aburrida ante los ojos de Nähg-Zum, una batalla que lo único que ha logrado hacer en tanto tiempo es poner reglas, paradojas y leyes a lo que antes no tenía nada. Sólo hasta después, después de que finalmente el espacio que aún no había sido llenado, fue saturado por la presencia de materia invisible, esa materia que nosotros conocemos como materia oscura, la gran entidad interdimensional, poderosa, omnipresente, omnipotente, no soportó s y sus entrañas comenzaron a desgarrarse, abrirse desde el interior, atravesando y separando capa por capa de gelatinosa pestilencia espacial, hasta llegar finalmente a esa verrugosa y petra piel, la cual se inflamó, dejando entrever un tono violeta muy brillante, que comenzó a perforar cientos de agujeros en todo el cuerpo del coloso estelar.

Los rayos de plasma disparados en todas direcciones por entre los cientos de miles de agujeros burbujeantes en la piel del titán quemaron, amputaron, destriparón de forma atroz y dolorosa a las dos criaturas iguales y contrarias a Nähg-Zum. Con esta nueva sensación, una sensación visceral y aterradora jamás experimentada por ninguna de las entidades. Huyeron despavoridas a lo más recóndito del cosmos, dejando atrás el agonizante grito de baja frecuencia que perpetuaba y acompañaba como una luz misteriosa salpicaba todo el cosmos, a su vez que sentían las molestias del terror es sus putrefactas y laceradas pieles. Ahora Nähg-Zum, el gran coloso primigenio sufre, sufre por el orden y las leyes, sufre por la saturación del espacio en el cual él vivía, y sufre por las nuevas formas de vida que se están iniciando en millones de lugares, todo es tan organizado y falto de celeridad e improvisación en este momento. Nähg-Zum abrumado por todo ello, permitió que sus sensaciones momentáneas dominaran todo su cavernoso cuerpo, su psiquis, su alma o lo que fuera que motivara sus pulsiones más básicas. Dio acceso a que la desolación, el caos y el aburrimiento del nuevo cotidiano, crecieran dentro de si y así comenzará a cocinarse algo especial, algo que jamás se había visto o se había sentido antes, algo que reconfortó al monstruo interdimensional a pesar de que sabía cómo terminaría todo para él… y así fue, finalmente toda esa masa de sensaciones, sentimientos y algo más hizo que la criatura, explotara en cientos de miles de millones de pequeñas partículas de energía y de luz, que quedaron flotando en su lugar al mismo tiempo que la onda expansiva de la explosión, instauró la expansión organizada del universo que ahora conocemos.

Pero mientras todo se movía a una velocidad de setenta y cuatro punto tres kilómetros por segundos; a las partículas parecía eso no afectarles, lentamente comenzaron a unirse las unas a las otras hasta que por fin quedaron sólo dos masas luminiscentes de un plasma raro, violeta blanquecino, cálido y casi impalpable, pero en extremo percibible. Las dos masas pulsantes y vibrantes se quedaron una junto a la otra como si se reconocieran, como si supieran que vienen de un mismo ser, como si entendieran que el gran Nähg-Zum les dio vida, como si supieran que pertenecían la una a la otra y así mismo jugueteaban con toda armonía, cambiando de color alegremente, con movimientos gráciles, reconociéndose, sonriéndose y totalmente entregadas a la otra. Hasta que derepente sin tocarse, las dos masas de energía salieron disparadas en un movimiento sincronizado a recorrer todos los universos y cada una de las dimensiones creadas y por ser creadas, años y eones viendo cómo se formaban y se destruían nuevos mundos, conocieron formas de vida primitivas y otras en el transcurso del tiempo más avanzadas; y comprendieron que todas las entidades vivas se diferenciaban así fuera en lo más mínimo, así que decidieron ir desarrollando sus propias personalidades, su propias formas. Al llegar a nuestro plano, quedaron maravillados por la inocencia y fragilidad de nuestra especie. Pronto quisieron adoptar el género de las formas de vida más compleja así que Xih(como el anciano los a bautizó), optó por la masculinidad y “Dayh” adoptó la femineidad. Ambos eran inseparables como lo sería cualquier amante, a veces poseían a los recipientes juntos y a veces por separados, siempre con una complicidad que sólo la sabiduría podría brindarles.

Xih, representaba la magia consciente, todo aquello que se puede percibir pero no explicar; todo lo sobrenatural que ha existido en la humanidad es gracias a él y por él es que nos hemos visto involucrados en la brujería, la hechicería, el ilusionismo, la adivinación, las pócimas, en las cabalísticas, con oráculos, los sortilegios, los encantamientos, los maleficios, las goecias, las conjuraciones y las invocaciones: todo lo que le ha dado un poder inimaginable a los seres humanos, es gracias a esta parte de Nähg-Zum  y por esta razón, Xih se estaba volviendo codicioso y prepotente. Dayh, por otro lado, representaba la magia subconsciente; toda esa magia que eres capaz de generar al suspirar por caminar en un paraje de hierba suave y florecida, al sonreír con el ronroneo de un gato, por erizarte al escuchar una canción que se aferra celosa a la médula de tus huesos, inhalar el aroma del café en una tarde nostálgica y al quedarte perplejo al dar ese beso lento en la mitad del parque, que termina con un lento abanicar en la mirada del otro y una sonrisa que fácilmente ruboriza cualquier rostro, pero la atención humana por su compañero y complemento Xih, hicieron que Dayh se volviera amargada y depresiva, se sentía sola e ignorada y comprendió que la humanidad quería poder, fama y éxito; buscaban ser poderosos e inalcanzables y dejaron de verla a ella como magia, lo que generó que su temperamento variable y voluble.

El anciano Érfurt, me contó que los conoció en el año 609 a.c. en el asedio egipcio a la ciudad de Medigo, él era unos quince o tal vez veinte años más joven que su apariencia actual y era el asistente del escriba militar Tjaneni. Xih y Dayh habían quedado atrapadosen el enfrentamiento cruzado entre los rebeldes cananeos y el ejército del faraón Tutmosis III. Érfurt no sabía quiénes eran y tampoco tuvo tiempo de preguntarse qué hacían allí, tantos años alrededor del mundo les había dado un aspecto mestizo de lo más extraño y hermoso. El anciano recorría las calles documentando para Tjaneni, cuando los encontró cerca a un callejón y evitó que fueran acuchillados por soldados egipcios; esta acción conmovió a Dayh, por lo que lo poseyó, otorgándole la magia que nacía de ella, y como en esa época Xih amaba perdida y fervientemente a Dayh, entró en el frágil cuerpo humano, brindando los más increíbles secretos arcanos, deseados por todos, pero merecido por ninguno. Estas dos entidades vivieron dentro de Érfurt un par de decenas de años, y en el tiempo que compartieron juntos le enseñaron las verdades del universo, los secretos de la magia, los progresos de la humanidad que fueron gracias a ellos y todas las aventuras que vivieron en los mundos que visitaron y los universos que recorrieron.

hg-Zum no tuvo ninguna intención humana al crear la magia, simplemente quería eso, darle ese toque especial al cosmos, eso que no se puede controlar, eso que no se puede cuantificar, ni vigilar, eso que todos quieren dominar sin lograrlo, pero que gracias a ello la vida es excitante y magnífica, llena de variables que ni las ecuaciones pueden predecir; algún día Xih y Dayh terminarán de recorrer todos los mundos y universos en cuántas dimensiones existen y se crean, algún día completarán su misión auto impuesta de empapar todo lo que existe de magia, algún día ellos sentirán la necesidad a raíz del amor que se profesan de unirse en un sólo beso eterno, dejar de ser dos entidades mágicas, para convertirse en una sola y así darle  forma nuevamente al increíble y aterrador al mismo tiempo Nähg-Zum, y cuando eso pase, la historia volverá a ser inverosímil. 

Pero no todo es bueno, en el tiempo que Érfurt convivió con la magia dentro de si, percibió que Xih y Dayh llevan mucho, muchísimo tiempo en este planeta y han sido infectados. Al salir de su cuerpo el anciano quedó para siempre con el toque de la magia, no puede contenerla pero la puede ver, oler y saborear. La admira, anhela y sueña con ella, comprende las bondades y los estragos que la magia puede generar, sabe que vive en un mundo mágico, pero que sus iguales, sus compañeros, sus copartidarios, vecinos y amigos desperdician su tiempo en ambigüedades y banalidades; todos quieren dejar huella, todos quieren ser recordados como individuos a través de la historia, pero jamás como colectivo; a la raza humana le falta nobleza y hermandad; le hace falta sabiduría y belleza. Gracias a eso que el anciano Érfurt ahora conoce, se asquea y retuerce de físico dolor. El amor sin magia no es nada más que una amalgama de besos, carne y sudor sin sentido o gracias; carente de idea y clímax; carente de emoción y sentimientos, la música sin magia no es más que la representación de sonidos, ondas y vibraciones que de manera ordenada genera  un mensaje informativo y armonioso que se propaga por el aire, pero un mensaje carente de emoción y significación, un mensaje vacío y hueco, agónico y lo mismo pasa con el arte, la literatura y la amistad, la contemplación no vale de nada si no percibes la magia del objeto a contemplar, no puedes abrazar si no sientes como nace la magia  desde el estómago.

El problema es que el anciano Érfurt sentía que se acaba su tiempo, la magia lo mantuvo vivo por mucho tiempo, pero sin verlos, sin tener contacto con ellos, con los portadores de tan magnífico tesoro, puede sentir como poco a poco la magia se va de su lado y finalmente morirá, como lo ha debido haber hecho hace mucho tiempo y cómo será tal vez en unos cientos de años. Por eso estuvo allí ese día, en aquella tarde en la que el color verde grisáceo de bordes marchitos con formas rígidamente curva de las hojas de los árboles decoraban el parque en ese inicio de otoño, por eso estuvo allí mientras viejo balón a medio inflar producía sonidos curiosos entre la muchedumbre de niños que  jugaban y reían despreocupados, estuvo a mi lado al mismo tiempo que el sordo silbar del viento entre las ramas, o el ácido chirriar de las cadenas tensas en los columpios, estuvo a mi lado, mientras su peso hacía crujir los travesaños de la banca de madera mal pintada en la que estábamos sentados y también mientras la algarabía de la bandada de charlatanes retrasados, que colonizaron el viejo abedul amarillo que hasta ahora estaba dando honor a su nombre en el costado occidental del parque, tomaban un pequeño descanso a su travesía hacia el sur. Por eso estaba allí, porque me necesitaba, porque mi interminable curiosidad y pasión por la magia lo atrajo hacia mí, porque ahora yo debo ser el protector de  Xih y Dayh, que lamentablemente  llevan más de 238 años sin re encontrarse y debo hallar el modo de protegerlos, de desinfectarlos de humanidad y convencerlos que sin ellos, todos los universos serían una miseria y sin ellos el gran Nähg-Zum jamás volverá a materializarse en el cosmos y sin el todo es orden, leyes y paradojas.

Ahora son quince o veinte años mayor de lo que estaba en aquella tarde en el parque y aún no me he podido conocer a Xih, pero lo que he aprendido de Dayh es que sin ella, sin su magia, ni siquiera el grandioso Xih valdría la penanada es más poderoso que Dayh.

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