jueves, 30 de marzo de 2017

Quiéreme Siempre



A las cinco de la tarde me senté en la cuarta mesa de la derecha como siempre, para mí es la mejor mesa, es la única que se ubica justo en la parte más central del gran ventanal; el lugar perfecto para poder admirar la salida de la calle Mariastraat. Me senté dándole la espalda a la vieja entrada del café, porque hoy no tengo intención alguna de prestarle atención a mi pasado, hoy no, no me voy a dejar seducir de ese inocuo recuerdo. Hoy es un día en el cual el presente, sólo sirve de instrumento para el futuro, y este; lo quiere para sí mismo… de eso estoy plenamente seguro.   

Saque una pequeña libreta y un bolígrafo de mi maleta, justo en el momento que la voz de Kam Franklin colonizaba mis oídos y silenciaba la voz de todos y cada uno de los comensales del lugar. Pedí un café grande sin azúcar y suspiré; sonreí al darme cuenta de que lo había hecho, porque también estoy seguro de eso; este no será el último suspiro de la tarde. Me concentré en la música que salía de mis audífonos y contemplé el atardecer; una tarde nublada pero cálida, que refleja un dorado algo opaco, en las paredes de ladrillos claros y oscuros del edificio de enfrente, que normalmente tiende a vestirse en tonos verdosos, no en ocre. 

Ese edificio, es justa la razón por la cual estoy aquí hoy, con sus grandes ventanas de marcos blancos en cuatro módulos, treinta y siete ventanas magnificas alineadas una aquí, otra un poco más allá, y la que le sigue y la que sigue por supuesto después de la anterior; también hay unas encima de otras y como debería ser lógico, si hay una encima, hay una debajo. ¡Oh! pero claro, obviamente son treinta y siete ventanas, sin contar las trece que compone la buhardilla, que desde aquí sólo alcanzo a ver la mitad y un poco de su línea curva en el arco. Una combinación muy acorde en su estilo… Bueno, si es que tiene algún estilo arquitectónico, porque en mi ignorancia no termino de categorizar este edificio como neogótico muy acorde al resto de arquitectura de la ciudad, o si es Art Nouveau, como el resto del país… o a lo mejor es una mezcla de los dos, o yo qué sé. Seguramente estoy embriagado al observar las formas que se aplanaban, por la ausencia de sombra y aquellas que se pintaban de destellos, en un intento mudo por ser transgresores. 

¡Ahhhh! Ahí está mi café. Justo y como me gusta, extremadamente caliente; y Bianca, la mesera que siempre me atiende lo sabe bien. Siempre me ha causado gracia como ella ríe sosteniéndose el estómago, cada vez el barista intenta hacerme entender por todos los medios habidos y por haber, que la forma en que me tomo el café no es la correcta; siempre me explica que sobre calentarlo arruina la infusión, lo vuelve amargo, cargado, y que exagera el sabor a tostado; prácticamente, es la muerte para un amante del buen café… Nunca he podido responderle otra cosa que no sea el hecho de: “Sueño mucho Philipe, demasiado como para que lo pueda soportar la temperatura normal de un buen café, necesito una taza que me queme las manos y la lengua, una taza que me ponga atento y me recuerde que existe, una taza que logre mantenerse caliente el tiempo necesario entre sorbo y sorbo; entre sueño y sueño”. 

Prometí que no me vería inmerso en el recuerdo del pasado y el leve chirrear de una de las treinta y siete ventanas, me ha devuelto la cordura. Es un sonido callado que sé de antemano, nadie más escucha; un conjunto de onomatopeyas imaginarias que hacen bailar al negro marrón con bordes miel que se difuminan en el amarillo de bordes infinitos de mi café, un baile ondulado que coquetea con brillos blancos de la luz artificial del recinto. Y por fin ahí está ella, la razón de mi café, la razón de mi libreta y mi bolígrafo, la razón del temblor de la comisura de los labios y… ahí está, otro suspiro.

Apago mi reproductor de música y mis sentidos están alerta, todo mi cuerpo está dispuesto y enfocado en una sola cosa. En la octava ventana de izquierda a derecha de la segunda hilera; justo esa ventana, tan pequeña e insignificante entre un conjunto tan grande de clones, está ella; y por la sola imagen de su cabello oscuro y corto alardeando en el viento, estoy yo aquí; y por la eléctrica imagen que deja el lento parpadear de sus pestañas, suspiro; y por la magia que está a punto de crear sus dedos, me he decidido. No sé ni cuál es su nombre, pero sé que estoy enamorado de la constelación de pecas que conquistan sus pómulos, de los hoyuelos que se generan en las líneas de expresión de su sonrisa, de su arte… Justo el arte que estoy a punto de oír a la distancia tímida, ese arte que envolverá el ambiente justo cuando suelte su taza de té y se aferre al mástil de su violoncello.

Con los primeros arpegios vuelvo a suspirar, y al reconocer los ejercicios de los 113 Estudios de Dotzauer, comienzo a escribir, cada nota es una letra y cada palabra una armonía. Me dejo envolver en su melodía mientras pienso en sus dedos acariciando las cuerdas del instrumento, envidio y celo cada uno de los milímetros de roce, anhelando que sea mi piel el que los recibe. Pero no importa, estamos aquí por una razón mucho más importante. 

Sigo escribiendo, dibujando con el trazo de mi bolígrafo como su existencia en este mundo sin mí estaría incompleta, como soy yo lo que ella necesita para maximizar su música. Porque nadie la podría mirar como yo, nadie tiene la capacidad de contener tantos suspiros dentro de sí, ni las arrugas de mis ojos al sonreír cuando la sueño, o mi manera de sonrojarme, nunca verá ella en cualquier otro la forma en que me rasco la nariz cuando me avergüenzo, ni como frunzo el ceño cuando me preocupo por ella… Nadie la va a querer con tanta inocencia, tampoco nadie la va a amar con tanta pasión, ni la adorarán con tanta devoción… 

Yo mi querida señorita, soy lo que usted necesita para sentirse protegida y cuidada; admirada y honrada; a lo mejor, algún día con paciencia y cariño puedo inspirarle una obra o tan siquiera una pieza. Yo puedo darle más amor del que Percy Bysshe Shelley, Dulce María Loynaz, John Keats, Gustavo Adolfo Bécquer o Vicente Aleixandre podrían haber imaginado juntos… Sólo debe usted agarrarme de la mano, sonreír a mi lado y quererme por un breve, brevísimo periodo de tiempo… para siempre, para comenzar.

De esta forma me levanté de mi silla y abandoné la cuarta mesa de la derecha del café, esa mesa que para mí es la mejor mesa, la única que se ubica justo en la parte más central del gran ventanal; un lugar perfecto para poder admirar la salida de la calle Mariastraat, y antes de irme le agradecí a Bianca por ser mi celestina, y asegurarse de entregar discretamente mi epístola; acompañando el café y las galletas de avena de las seis, después de su clase de violoncello.

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